miércoles, 28 de septiembre de 2016

Cartas (Días Contados)



Cartas 



Coincidencias

Es extraño cómo el mundo a veces parece funcionar respondiendo a nuestras inquietudes. Como si hubiera un enlace sutil entre lo que uno piensa y lo que nos llega. 

Hace unas semanas entrevisté a un grupo de profesionales que coordina un taller de escritura de cartas en la cárcel. Una vez por semana, las mujeres que quieren participar se reúnen para compartir ese espacio. Leen, conversan, escriben. 

Pensaba en ellas, en cómo van marcando el papel para decir lo que sienten, lo que desean, lo que necesitan, lo que las agobia. Pensaba en cómo será escribir una carta sabiendo que es imposible moverse, cambiar de lugar, desplazarse. Pensaba que allí, en la cárcel, una carta evidencia lo que es: la convicción de que hay alguien del otro lado. Un conocido; un desconocido. La carta es un gesto de confianza; la confianza en que alguien será su destinatario y recorrerá con los ojos lo que hemos escrito.



Un río de palabras

Mientras preparaba la nota sobre la cárcel llegó un email. Hernán Ronsino,  novelista al que aprecio y admiro, me proponía desde su rol de editor una escritura a cuatro manos con la colega Inés Garland. La idea era escribirnos cartas tomando al río como eje, ya fuera como referencia real o como metáfora. Un intercambio epistolar para ser publicado en la Revista Carapachay. Aguas, ríos, barcos; todo eso jugando en la matriz de la escritura. Inés y yo no éramos las primeras. Ya habían aceptado esa invitación Carlos María Domínguez y Juan Duizeide; Iosi Havilio y Carmen Cáceres; Christian Kupchik y Camilo Sánchez. Escribir. Crear un diálogo. Hablar del río y del oficio. 

Lo que más me gustó de la invitación fue que Ronsino no dijo “intercambio de mails”. Usó la palabra “cartas”. Y ocurrió algo extraño: aunque tanto Inés como yo entendimos que el intercambio iba a ser vía internet, cuando recibí el primer mail, lo imprimí y me tomé unos días para contestar. Andaba con esas dos hojas en mi mochila. A veces las sacaba, leía algunas líneas. Estuve una larga semana pensando en Inés, sin conocerla, sin haber tenido con ella más contacto que esa carta que yo iba respondiendo en silencio, esperando el momento de poder sentarme a escribir.

Y unos días después (unos diez días después) llegaron dos mails casi juntos: tanto Inés como Ronsino me preguntaban si había recibido la carta que abría el juego a nuestro intercambio.

Respondí inmediatamente. Pedí perdón. Expliqué lo que me había pasado: el formato carta estaba tan internalizado en mí que no se me ocurrió avisar que la había recibido, como hago automáticamente con cualquier mail. Me porté, sin querer, como si hubiera recibido, realmente, una carta en papel enviada por el correo. 

Y eso me hizo reflexionar sobre las diferencias entre las cartas y los mails.



La inútil urgencia

Los mails parecen tener un carácter de urgencia que, de no respetarlo, puede convertirnos en parias. A veces uno tiene la sensación de ser alguien importante: un neurocirujano, por ejemplo. Un neurocirujano que está de guardia en una noche en la que toda la población tiene algún accidente cerebro vascular. Porque sino ¿cómo se explica esa urgencia desenfrenada? Esa exigencia inhumana de hiperconexión. Como si alguien fuera a desfallecer del otro lado o a perder su existencia si uno no responde de inmediato. 

Personas (desconocidas) que se ofenden porque uno no contesta un mail el mismo día que lo recibe. Gente que no admite la existencia de zonas sin buena conexión a internet (por ejemplo, mi barrio). Detectives vocacionales que van chequeando la vida (ajena) online para luego poder decir: “No podés no haber visto mi mail porque vi que hay un nuevo post en tu blog”. Delicias del espionaje chiquitero. Absolutamente inútil explicar que una vez al mes programo todos los posts del blog. Inútil e irrelevante. ¿No es peligrosamente fascista una sociedad que desconfía de las personas que no estamos 24 horas online?

Hay algo en las nuevas plataformas de comunicación que parece reclamar urgencia. La falta de respuesta inmediata se interpreta (sobreinterpreta) inmediatamente sin ninguna consideración de un contexto que se desconoce (estoy durmiendo, me estoy bañando, estoy dando clases, estoy manejando, estoy en un hermoso oasis donde no llega la hiperconexión). 

Una carta no es un email. No se parecen en nada. Una es un río. El otro, un remolino en el río.



El tiempo detenido

Las cartas se relacionan con la paciencia. Y con la extensión del deseo. Un deseo que siempre reclama espacio para crecer: Si no hay espacio, no hay deseo; no hay tiempo para que se despliegue. 

Las cartas implican recibirlas y esperar. Leerlas. Releerlas. Llevarlas con uno. Vivir un lapso de tiempo en el que uno está solo y está con el otro. Un tiempo que funciona con engranajes de presencias en ausencia. 

En su primera carta Inés Garland me hablaba del río, siempre nodal en su vida. Yo, que soy más bien de la piedra, de la montaña, del viento, me puse a pensar en  momentos en los que el río hubiera sido el eje de los días. Y una sola palabra me vino a la boca. “Paraná”. 

Y entonces, la carta de Inés me trajo recuerdos: una semana a orillas del Paraná, aprendiendo a pescar “armados chanchos”, devolviendo al agua los doraditos, esquivándole los dientes a las palometas, moviéndome al compas del bote,  dejándome estar en una cadencia que aún hoy me serena. El Paraná y mis ocho años. El olor de los pescados en las redes. La piel curtida de mi tío Héctor recogiendo la línea. La mezcla hecha en casa para espantar los mosquitos. La radio sonando en la oscuridad de un farol. El ruido, ese hermoso ruido del río moviéndose en la noche como una serpiente en el monte. 


Papeles del pasado 

Y le contaba a Inés en mi respuesta que ese mismo tío, Héctor, el primo de mi madre, me escribió muchos años después para decirme que tenía un puñado de cartas para darme. Que cuando eran adolescentes, él y mi madre se habían escrito y que él había guardado esos papeles. Y que, tanto tiempo después, creía que yo iba a querer leerlos para recuperar algo de mi madre, que había muerto cuando yo todavía estaba en la escuela. Y dije que sí y él las envió y recuerdo perfectamente del día en que el cartero, hace más de diez años, se acercó a la tranquera para entregarme un sobre enorme de papel madera.

Y sentí un cierto pudor al leer esas cartas. Pero al mismo tiempo fue descubrir cómo era la mujer que había sido mi madre. Leer eso y reconsiderar todas las versiones que hacemos sobre los demás, creyendo que los conocemos, creyendo que sabemos sus razones y sus motivos. No sabemos nada de los otros. Nunca. Nada. Apenas con suerte, con mucho esfuerzo, sabemos algo de nosotros mismos. Y no siempre.  


Tramas 

Decía que es extraño cómo el mundo a veces parece funcionar respondiendo a nuestras inquietudes. Cómo fueron llegando en estos días cosas relacionadas con las cartas. De qué modo un trabajo te lleva justo al lugar donde empezás a preguntarte si realmente sos lo que crees ser o si es sólo un espejismo. Y cuando estás en esa incertidumbre, esa búsqueda, llega la segunda carta de Inés y en el último párrafo, una frase brilla. Garland se pregunta: “¿Qué importancia tiene quién soy yo?”. Y me regala esa pregunta.

Me siento a escribir otra nota, para el diario. Empiezo una vez, empiezo otra vez, no hay nada que fluya. Hasta que anoto, en un papel, el título: “Cartas”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en la columna Días contados
Ilustración: Juan Delfini




sábado, 24 de septiembre de 2016

Las manifestaciones del humor




El Grupo de Investigadores del Humor (GIH) trabaja desde la Universidad Nacional de Córdoba estudiando las políticas discursivas del humor en la cultura argentina.

Posiblemente el humor sea uno de los fenómenos humanos más difíciles de explicar. Todos creemos  saber de qué se trata. Nos atraviesa, somos parte, somos condición necesaria y sostén. Pero en cuanto uno comienza a preguntar más en detalle, se abre un camino misterioso. ¿Cuál es la relación entre el humor y la risa? ¿Qué es un chiste? ¿Cuál es la diferencia entre sarcasmo e ironía? ¿El humor siempre cuestiona el poder? ¿Cuáles son los límites que cada cultura se impone en lo risible? 

Desde 1998, el Grupo de Investigadores del Humor (GIH) se plantea preguntas como éstas y propone hipótesis que podrían servir como respuestas. Hace un dibujo del campo, del territorio. Integrado por profesores de Letras, Lenguas y Comunicación Social, becarios y doctorandos de la Universidad Nacional de Córdoba, el GIH estudia los discursos humorísticos desde una perspectiva sociosemiótica. Han publicado cuatro libros. Entre ellos, el Diccionario crítico de términos del humor y breve enciclopedia de la cultura humorística argentina.

Para conocer el trabajo que hace este equipo de investigadores conversamos con su directora, la Doctora Ana Beatriz Flores.

–¿Cómo trabaja el GIH?
–Como grupo de investigación hemos transitado por la literatura, la escena, la publicidad, el humor gráfico, la cultura infanto-juvenil, los rituales y prácticas populares, desde fines del siglo 19 a la actualidad. Y siempre nos hemos preguntado: “¿qué puede el humor?” Consideramos al humor como una lente privilegiada para el estudio de una cultura ya que se produce, precisamente, como una respuesta no habitual, rupturista o cuestionadora de las reglas que la rigen: los discursos hegemónicos y sus condiciones de posibilidad, de producción y de recepción, las reglas de interacción social, de géneros discursivos, de lenguaje, de cierta racionalidad. La ruptura con las reglas pone de manifiesto lo que está naturalizado, automatizado en una cultura. El proyecto en el que trabajamos actualmente se llama “Políticas del humor en la cultura humorística argentina. Innovación y tradición.” El corpus ha sido construido con amplitud témporo espacial e incluye producciones más recientes e innovadoras en teatro cordobés, literatura nacional para adultos, literatura cordobesa, literatura para niños, stand up y humor gráfico junto a las resignificaciones de antiguas prácticas como el carnaval en los barrios cordobeses, el “velorio del angelito” o el humor gráfico de principios de siglo 20.


Al hablar, Flores tiene un inusual equilibrio que conjuga erudición, claridad y un profundo deseo de compartir. Tiene también algo propio de los niños: esa curiosidad infinita y no domesticada, ese deslumbramiento ante el mundo. No es extraño que se haya interesado en estudiar un aspecto de lo humano que exige permanente flexibilidad. El humor revela que lo vital no está en lo fijo, en lo cristalizado, en lo establecido sino en la ruptura, en la grieta, en ese relámpago que ilumina todo por un segundo. Ya no se vuelve a la misma oscuridad; se ha visto otra verdad de las cosas. 

–¿Cómo abordan el estudio del humor?
–Nos interesa trabajar desde la interdisciplina. Un equipo de investigación orientado a los estudios del humor permite construir esto que llamamos “cultura humorística”, que es un constructo epistemológico. Y si uno construye este objeto y lo proyecta históricamente dentro de la cultura argentina, lo proyecta en el tiempo y a diversos espacios de producción con diferentes soportes, es posible tener un conocimiento más completo de la complejidad de manifestaciones de determinadas épocas; tanto en el corte sincrónico de una época como en la participación en una tradición humorística de la que se puede hacer una genealogía. Esto permite rastrear ciertas características propias de la cultura que van reapareciendo y emergiendo en diversas épocas y que constituyen una especie de tradición. Por eso nuestro actual proyecto de investigación habla de “innovación” y “tradición”. Porque no existe una sin la otra. Ambas son muy valiosas para conocer una cultura. Nos interesa ver cómo en determinados momentos los discursos del humor no sólo producen cambios sino que funcionan también como síntomas de cambios que se dan en la sociedad. Muchas de las grandes transformaciones en el arte y en la cultura han tenido su primera manifestación en el humor. Por eso es importante seguir de cerca esas manifestaciones, porque ahí están apareciendo los síntomas. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué es lo que está apareciendo? ¿Qué es eso que todavía no tiene una representación establecida y esclerotizada sino que aparece en toda su pluralidad y dinamismo?

–¿Y qué hay de nuevo?
–¿En la cultura argentina? Ciertos rasgos. Uno de ellos es la “desdiferenciación”. Se trata de ubicarse frente a los marcos enunciativos en una posición desde la cual se elabora algo con nuevas gramáticas, totalmente diferentes, y sin embargo se sigue participando de ese mismo ámbito, de ese mismo marco.

–¿Algo disruptivo que no llega a romper el límite de la estructura general?
–Exacto. Un caso concreto: Aira contra la institución literaria; la institución literaria en su seriedad, en su realismo de la representación. Pero también Aira haciendo literatura y, quizás, más literatura que nunca. Otro de los rasgos es lo que, tomando un término de Gombrowicz, podríamos llamar “aniñamiento”: una percepción del mundo desde lo infantil, un esquematismo en el que ingresan todas las sensaciones sin el filtro de los hábitos de percepción y de lo estipulado.


A lo largo de la charla, la Doctora Flores irá presentando ejemplos de lo que dice. Los nombres que da ponen en evidencia que el GIH no es uno de esos equipos que sólo conocen el interior de su propia universidad. Emanuel Rodríguez, Diego Capusotto, Las Pérez Correa, el Teatro Minúsculo, el grupo de Stand up “De parado”, César Aira, Alberto Laiseca, Elisa Gagliano, Jorge Monteagudo, Juan De Battisti, Liniers y  Ham se van mezclando para crear un mapa de eso que el grupo llama la “cultura humorística argentina”. 

–Si tuviera que explicarle a una persona que desconoce esta área de trabajo ¿cómo le explicaría qué significa estudiar el humor? ¿Qué es concretamente lo que estudia?
–Diría que estudio esa forma de respuesta placentera que libera de las coerciones abriendo la posibilidad de un juego a partir del cual algo nuevo es posible aunque no termine de configurarse como tal sino sólo abriendo la posibilidad de alguna otra cosa, de algún otro orden, que no necesariamente es un orden sino algo que está minando los órdenes de lo social.


Ana Flores ha ido diciendo esas palabras con un ritmo y una cadencia que hace pensar en un jardinero que busca, entre las hojas, una hierba en especial. Ha ido encadenando ideas. Y cuando termina, sonríe. Sí. Ha podido nombrar algo tan inasible como la esencia del humor. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Revista Ñ





jueves, 22 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del umbral") - Christophe Gilquin (PARIS) Librairie L'Arbre à lettres





"C'est un très bon roman noir, bien noir et glaçant, et il y a une tension, une mécanique implacable qui fait qu'on ne peut pas le lâcher."



Christophe Gilquin
(PARIS)
LIBRAIRIE L'Arbre à lettres

martes, 20 de septiembre de 2016

Aquí viven leones - Fernando Savater y Sara Torres





Mapa de dos amantes lectores

El último tiempo de su vida Sara Torres lo pasó viajando y tomando notas. Su compañero de viajes -su compañero de vida-, era el filósofo Fernando Savater. Juntos, se estaban dando un gusto personal que era también trabajo: visitar los lugares significativos en la vida de un puñado de grandes escritores. Ya habían hecho algo similar antes: la serie de documentales televisivos “Lugares con genio” que tuvo su correlato en un libro.

Con entusiasmo, con alegría, fueron dibujando el mapa. Cuando estaban en Galicia, escribiendo sobre Valle-Inclán, Sara descubrió que estaba enferma y que su situación era terminal. Desde ese día, los viajes, la lectura y la atención médica se irían mezclando en el cotidiano de una pareja que decidió disfrutar de lo posible, hasta el último minuto. 

Cuando Sara murió, unos meses después, el trabajo no estaba terminado. Savater sabía que seguir adelante era cumplir el deseo de su compañera y, al mismo tiempo, homenajearla en el amor y la admiración que ambos tenían por la literatura. Ese homenaje se llama Aquí viven leones, el relato de un periplo visitando los escenarios de vida de ocho escritores cuyos nombres propios se vuelven topografía, territorio y estación de un viaje literario.

Dividido en capítulos que juegan con la estructura de una guía de viajes, a cada autor se le dedica un apartado. Cada uno de ellos incluye una breve historieta, un texto en el que Savater y Torres recorren aspectos de la biografía, la época y la personalidad del autor y finalmente, un mapa donde se señalan los lugares más destacados y las distancias entre un punto y otro. 

El libro está pensado en una edición que resalte su belleza: papel grueso, ilustraciones a color, fotografías y un relato que nos lleva de Inglaterra a Gran Bretaña pasando por España, Italia, Argentina, Brasil, México, Estados Unidos, Francia y Austria. En esas páginas encontramos los detalles de las vidas cotidianas de ocho gigantes de la literatura: Shakespeare casándose con su novia embrazada; Ramón del Valle-Inclán perdiendo un brazo por una pelea de café; Edgar Allan Poe y su paso por la Academia militar de West Point; Giacomo Leopardi y sus desventuras; Agatha Christie y su misteriosa desaparición durante once días; Alfonso Reyes y las intrigas políticas de su padre y su hermano; Stefan Zweig y su decisión final; Flaubert y el juicio que sufrió su obra Madame Bovary  por “ultraje a las buenas costumbres y la religión” a manos del mismo fiscal que tiempo después logró condenar a Baudelaire por haber escrito Las flores del mal

Aquí viven leones es un homenaje múltiple: a los lectores, a los escritores, a los viajeros y a los amantes. 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero





domingo, 18 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del umbral") - Nadège Badina (GRENOBLE) - LIBRAIRIE Le Square




-C’est un suicide. 
-Etiologie douteuse. 
-Vas-y. Tu jettes un coup d’œil et après on voit.  

Guyot journaliste opiniâtre ne va pas s’arrêter là. 

De son écriture sèche, Eugenia Almeida le fait scruter, à l’affût de ce qui peut corroborer la suspicion. D’une langue métaphorique, elle le fait avancer à tâtons et à l’instinct. Dans un style plein de fureur retenue, elle ouvre péniblement ses yeux sur un monde sans signification : la pire sensation est de vouloir comprendre. Alors, il se perd dans l’hémérothèque et sa compilation d’articles. Il se plonge dans les cahiers de Julia et ses jeux de langues singuliers. Il s’évapore au côté d'Ostots et ses mouvements de mains agrippées aux verres de vodka. Soudain, les cadavres s’accumulent, les ellipses se substituent aux dialogues; l’intrigue faussement beckettienne est devenue ruban de Moebius énigmatique. 

En installant une atmosphère de terreur sourde, Eugenia Almeida illumine d’une chose obscure qui se déplace parmi les ombres, les drames de l’Argentine. L’Echange, la lueur d’un cauchemar. Percutant.


Nadège Badina
(GRENOBLE)
LIBRAIRIE Le Square


viernes, 16 de septiembre de 2016

Visitas a La Perla - Gabriela Halac




Astillas de un archivo siempre abierto 

“Visitas a La Perla”, el nuevo libro de Gabriela Halac, pone en común la experiencia de diez “visitas no guiadas” al Espacio para la Memoria La Perla.


En 2011 se llevó a cabo una residencia de artistas en el Espacio para la Memoria La Perla, el ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio. Enmarcados en el Proyecto Phronesis Criolla, los residentes fueron invitados a trabajar en un proyecto personal “usando imágenes, acciones, video, texto y música.” 
En ese entorno, la poeta, editora y gestora cultural Gabriela Halac comenzó a preguntarse “qué sobrevive de La Perla en nosotros”. 
En una propuesta en la que la palabra más previsible era “yo”, Halac eligió decir “nosotros”. E hizo lo que viene haciendo hace años: dar espacio a lo nuevo, caminar por la frontera, ver el otro lado de las cosas y ayudarnos a mirar. Invitó a un grupo de personas y propició una serie de “visitas no guiadas”. Durante dos meses, la escritora pasó cuatro horas diarias en La Perla. En ese período recibió 10 visitas. Escuchó, sostuvo y compartió encuentros en un lugar donde alguna vez se buscó destruir el significado de esas palabras. Mientras los tiranos sigan la premisa “divide y reinarás”, decir “nosotros” será siempre un  gesto revolucionario.
¿Quiénes fueron los invitados? Integrantes de “una red de amigos, conocidos e interlocutores” a los que Halac convocó “con la convicción de que otras personas podían colaborar a restituir la humanidad perdida” y ayudarla a “asumir la magnitud del suceso.” Su intención era correrse del eje de quiénes eran los que tenían una voz “autorizada” para hablar o quiénes podían dar un testimonio “válido” sobre La Perla. La decisión fue buscar, en su entorno, personas con quienes pudiera pensar ese espacio y permitirse  entrar en otro nivel de intimidad en la conversación. 
Han pasado cinco años de esas visitas. Halac siente que ha llegado el momento de la “devolución”. Aunque parte de este trabajo fue mostrado en México y en Buenos Aires, nunca se ha visto en Córdoba. Convertirlo en un libro es una apuesta que se agradece y que, de algún modo, amplifica los efectos de aquellas visitas. Los lectores pueden recorrer las conversaciones y fotografías registradas en esos encuentros, junto a textos de Ileana Diéguez, Lucas Di Pascuale, Daniel Samoilovich y la misma Halac. 


Que lo que no desaparece nos movilice
En una charla con Número Cero, Halac reflexionó sobre la memoria y sobre experiencias relacionadas con “dejar de escuchar la historia como te la cuentan y empezar a construirla desde un lugar personal, que a la vez es de todos.”
Visitas a la Perla ofrece la posibilidad de preguntarnos “qué es lo que sobrevive de esa historia en nosotros hoy”. El libro, insiste su autora, “no tiene respuestas; tiene preguntas.”
No es la primera vez que Halac trabaja sobre la memoria; es uno de los nudos de toda su obra. La escritora no comulga con la idea de una memoria fosilizada. Su interés siempre ha girado en torno a la pregunta de cómo abordar algo sin fijarlo, sin condenarlo al monumento; cómo acceder a lo fragmentario y lo móvil. “Me interesa aquello que para existir está condenado a romperse, a mutar”, dice en las primeras páginas del libro.
En un momento de la charla, surge la palabra “Astillas”. A eso se refiere Halac cuando define a la memoria como un archivo que uno va abriendo todo el tiempo y al que va modificando en función de lo que es capaz de ver de ese pasado, desde la posición del presente. Para la artista, allí radica lo más interesante de los trabajos que abordan un contexto real desde lo subjetivo. 
Como lo señala el subtítulo, Visitas a La Perla puede leerse como “Ensayos sobre lo que no desaparece”. Ensayos múltiples, colectivos, corales. Ileana Diéguez lo resume perfectamente: “Si la dictadura había creado archivos contra otros, Visitas a La Perla buscaba generar archivos con el otro. Sobre el trabajo de la muerte y la desaparición se desplegaba el trabajo de hacer aparecer personas que tomaban e interpelaban las memorias del espacio.”
Halac demarca un territorio cuando dice: “Creo que hemos estado siempre con la mirada puesta en aquello que ha desaparecido, algo que es fundamental. Para mí, hoy, la pregunta es: ¿qué es lo que no desaparece? Yo, al menos hoy, decido ponerme en ese lugar de pensar qué puedo hacer con eso para que no se convierta en algo oscuro, relacionado con el miedo o la imposibilidad o el silencio. Qué puedo hacer para que se convierta en algo que actúe, que  permita cosas, que te mueva. Eso: que lo que no desaparece nos movilice”. 
Con la precisión, delicadeza y profundidad que caracteriza al catálogo de DocumentA/Escénicas, Visitas a La Perla es uno de esos libros que apenas aparecen se vuelven indispensables. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero




miércoles, 14 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´échange ("La tensión del umbral") - Vincent Ladoucette (Librairie Privat)




Je viens de terminer L'Echange, que j'ai trouvé magnifique (il fait partie de mes favoris de cette rentrée, indéniablement).


La très belle écriture d'Eugenia Almeida, à la fois factuelle et extrêmement poétique, sert parfaitement ce roman à la noirceur implacable. Les passages composés presque exclusivement de dialogues apportent beaucoup de profondeur au récit et l'intrigue, qui semble simple à première vue, se révèle rapidement riche et complexe, grâce aux nombreuses ramifications que le lecteur découvre progressivement. Les résonances politiques, liées à l'histoire de l'Argentine, sont, quant à elles, passionnantes. Les ombres semblent s'étendre et tout recouvrir, mais certains personnages tentent de s'opposer à la violence et au silence, tels Guyot et Ostots qui, malgré leur fragilité, ne peuvent se résoudre à laisser la mort de Julia inexpliquée, et leur acharnement à comprendre est de toute beauté.

L'Echange est un très grand roman, grâce à l'approche formelle originale et à la manière remarquable avec laquelle Eugenia Almeida traite la question du Mal."



Vincent Ladoucette
(TOULOUSE)
LIBRAIRIE Privat


lunes, 12 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´échange (versión francesa de "La tensión del umbral") - Voyages au fil des pages



 « Il y a des choses qu’on ne comprend pas », et qui devraient peut-être rester incompréhensibles. Comme un suicide, par exemple. En l’occurrence, celui de Julia Montenegro, qui s’est tiré une balle dans la poitrine après avoir menacé un homme avec son revolver. A la sortie d’un café, en plein jour, devant plusieurs témoins. Pourtant, ceux-ci sont incapables de décrire l’homme en question, parti sans demander son reste. Mais après tout, quelle importance, c’est un suicide, « un épisode confus, sans danger pour les tiers », et sans enquête policière. Mais un homme veut comprendre : Guyot, journaliste, cherche à savoir qui était cette jeune femme qui semble n’avoir ni famille ni passé, et tente de remonter la piste de l’inconnu qu’elle a mis en joue avant de retourner son arme contre elle. Cet homme a la clé, est la clé…

Photos aux silhouettes découpées, journaux archivés aux pages arrachées, la vérité est dans les espaces vides, dans les silences : « Il restera dans la brume de ceux qui ont compris quelque chose d’essentiel, quelque chose qui se trouve à la racine, qui explique tout et qui, cependant, ou peut-être pour cela même, ne peut se traduire en mots ». Guyot s’entête, trouve le fil d’Ariane et le suit, sans se demander s’il va le mener vers la sortie du labyrinthe ou dans l’antre du Minotaure. Braqué sur son objectif et aveugle à tout ce qui n’explique pas la mort de Julia, il explore la limite entre suicide et meurtre et ne se rend pas compte que, dans sa quête, il réveille les fantômes du passé. Menaces, passages à tabac, assassinats, les victimes collatérales s’accumulent. Parce que le passé, en Argentine, n’est pas réellement passé, et nombreux sont ceux qui ont encore intérêt à garder leurs secrets bien enfouis dans la boue.

Cette histoire est sombre et oppressante comme l’atmosphère qui régna en Argentine pendant les années de dictature. Dans l’ombre, le terrorisme d’Etat à l’oeuvre pendant cette période a survécu à l’avènement de la démocratie, et tire encore les ficelles des institutions, engluant dans sa toile nauséabonde la police, la justice, la politique et les médias.

Ce roman magistralement construit fait la part belle aux dialogues secs, tendus, sans fioritures, et enchaîne les chapitres, assez courts, en alternant les points de vue, et crée ainsi une impression d’urgence à peine respirable. C’est à la fin du roman que le titre (français) prend tout son sens, qui vous glace le sang. Le lecteur a observé les protagonistes avancer en parallèle vers leurs objectifs contradictoires, et, sur la ligne d’arrivée, contemple la photo-finish, qui est floue : qui a vraiment gagné ?

Dans un entretien au journal argentin Pagina/12 du 27 juillet 2015, Eugenia Almeida disait que pour elle, « le passé n’est pas passé. S’il explique notre présent et conditionne notre futur, il n’est pas passé ». C’est tout le malheur des protagonistes de ce roman, et de l’Argentine.





domingo, 11 de septiembre de 2016

La sombra del otro - Alicia Plante





Psicología forense 


Una mujer juega al ajedrez “contra” la computadora. Deshace jugadas para “aumentar su porcentaje de éxitos” en el marcador de la pantalla. Hace un ejercicio de aprendizaje atravesado por la trampa, por el engaño: desarmar un juguete fingiendo no hacerlo. Aprovecha la inusual posibilidad de “volver atrás”, que ella toma con un dejo de vergüenza. Culpa, quizás. 

Laura es psicoanalista. Hija de un hombre que se exilió durante la dictadura y se volvió una figura omnipresente para ella. Una mujer que juega en soledad, que vive con dos perros, que deja enfriar la comida comprada en el negocio de la esquina. Una rutina que cambia el día en que oye un ruido y, siguiéndolo, ve que por debajo de la puerta de uno de los departamentos del cuarto piso brota agua. Cuando logra entrar, con la ayuda del portero descubre a una vecina, agonizando, desangrándose en la bañera; el suicidio como decisión final. 

Mientras espera el servicio de emergencias Laura encuentra tres libretas y decide llevárselas junto al teléfono celular. ¿Por qué? Posiblemente por una desconfianza atávica en la capacidad de trabajo de la policía. Laura acompañará a Ana en la ambulancia que la lleva al hospital y estará con ella cuando finalmente muera. Dueña de ese pequeño botín que ha robado, intentará descubrir qué es lo que ha sucedido, por qué su vecina decidió suicidarse. Es justamente en torno a esa pregunta que la protagonista vuelve una y otra vez. Como una suerte de psicoanálisis en ausencia, una indagación forense, una investigación guiada por “el deseo de entender”. 

A través de la lectura del diario de Ana, Laura irá reconstruyendo la historia de un vínculo marcado por la sumisión y la violencia y reflexionando sobre el concepto de la “compulsión a la repetición”.  

La sombra del otro habla del suicidio y sus esquirlas pero también del exilio, el terrorismo de Estado, la resistencia política, la violencia de género, la xenofobia, las marcas de clase y algunos tramos de la Historia argentina. El discurso psicológico que atraviesa la novela se ancla en Freud  y ofrece un léxico que interpreta el mundo bajo esa óptica; una característica que puede atraer a algunos lectores y ahuyentar a otros. 

Alicia Plante es psicóloga, traductora y escritora. Es la autora de la Trilogía del agua, compuesta por las novelas Una mancha más, Fuera de temporada y Verde oscuro. En su perfil de Facebook Plante detalla sus  ocupaciones: “escribir”, “armar talleres de narrativa”, la clínica y la  restauración de muebles de madera. “Todo  bastante reparatorio”, señala, “los muebles, la cabeza de la gente, el deseo desordenado de escribir de muchos.” 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero





sábado, 10 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´échange (versión francesa de "La tensión del umbral") - Claire Mazaleyrat (La Cause Littéraire)






Cousu de fil noir

Des dialogues brefs, de courtes phrases. Des personnages qui s’entrecroisent, qu’on aperçoit, qui disparaissent. Des pages arrachées dans des journaux anciens. Des rendez-vous au téléphone. Des cafés sous haute surveillance. Des menaces et des souvenirs. Une histoire impossible à raconter, et cette impression de devoir à chaque instant reprendre le fil qui s’emmêle, qui casse, qu’on maintient serré pourtant dans une main vide. Tout commence après coup, indirectement. Un dialogue lourd de non-dits pour évoquer la scène, comme si l’idée même d’un témoignage direct de la réalité était devenue impossible:

– Pour quoi faire ?
– Pour qu’on en parle !
– C’est un suicide.
– Etiologie douteuse.
– Suicide, je te dis.
– Une balle dans la poitrine en pleine rue, ça ne te suffit pas ?
– Ce ne sera pas publié.
– Vas-y. Tu jettes un œil et après on voit.

La scène sur laquelle s’ouvre ce roman est marquée par sa violence inattendue, et l’incompréhension qui saisit les spectateurs, très prompts pourtant à trouver une explication permettant de classer dans les faits divers ce qui s’est passé en pleine rue, en plein jour. Une jeune femme braque un homme, et retourne l’arme contre elle, tire, meurt. L’homme disparaît. On ne le voit pas, on ne le sait qu’avec d’autres choses curieuses : des journalistes, des doutes, la censure ou le manque d’intérêt de l’événement, des vides, des creux, un sens pourtant quelque part, sans doute. Le titre original du roman, La tensión del umbral, met en évidence ce jeu d’ombres et de tensions, et l’aspect inquiétant qui sourd des silences. Le roman est tout entier tendu comme un fil élastique, prêt à lâcher à tout instant, et à faire sauter à la figure du lecteur une vérité d’une intense violence.

Ce qui est en effet particulièrement réussi dans cette énième enquête policière, ce n’est pas tant la recherche exaltée des obscures raisons qui ont abouti à cette scène, que le récit de son effacement. A la multitude labyrinthique des personnages qui interviennent dans les dialogues des premiers chapitres, mêlant policiers et journalistes en une valse difficile à suivre, tant les vases communiquent dans un système marqué par la corruption généralisée, succède un évanouissement progressif de nombreux personnages, allant de pair avec le dévoilement des identités. Certains ne font qu’un. D’autres sont victimes d’accidents malencontreux. Dépossédés de l’affaire. Bref, on n’en parle plus. D’autant plus troublant est l’usage des seuls patronymes des personnages, qui empêche l’identification et permet une distance parfois glaçante avec le récit, accentuant encore sa noirceur déshumanisée. Seul s’acharne à essayer de comprendre le journaliste Guyot.

Alors qu’il apparaît très vite que des forces obscures essaient d’étouffer l’affaire, et qu’elle remue sans doute des souvenirs quelque peu désagréables, alors que l’étau se resserre autour de tous ceux qui, de près ou de loin, se mêlent de cette histoire, Guyot avance seul, et n’est pas excessivement menacé : on le laisse faire. Il en sourd une angoisse que ravivent les allusions à son propre passé, par bribes. Les ellipses et les blancs, les détours incessants d’une pièce à une autre, d’un « échange » qui ne prend sens que plusieurs chapitres plus loin, les codes que l’on devine sans jamais en détenir la clé, font de ce roman une quête laborieuse de la vérité, tant l’on sent la menace à chaque page, et une violence sourde. On n’échappe pas à la toile d’araignée dans laquelle chacun des personnages est pris, même lorsqu’on croit n’en être que le lecteur distant : «Guyot accumule des mots, ces gribouillis inutiles qui noircissent les pages immenses que les gens lisent en prenant un café. Tranquillité de savoir qu’on est celui qui lit et qu’on ne fait pas partie de ceux dont il est question dans ce qu’on lit » (p.36).

Cette apparente tranquillité se heurte pourtant à une réalité opaque, qui donne à toute l’enquête de Guyot l’impression qu’il est pris au piège, comme le lecteur, par des puissances ténébreuses. L’image qui se donne à lire de l’Argentine moderne est terrifiante : sous une chape de silence, les mêmes puissances qui ont marqué les années noires de la dictature continuent de tirer les ficelles, de faire disparaître les preuves de leur passé criminel, n’hésitant pas à assassiner tous les témoins. Sous l’apparence de retour à la démocratie, ce sont les mêmes tristes sires qui dirigent tous les organes de la vie publique, et Almeida montre à merveille les collusions entre journalistes et policiers, le rôle trouble des indics, la rivalité des différents services, dans une volonté générale d’étouffement. Ce qui se donne à voir entre les lignes tendues de ces dialogues où l’on ne dit rien, ou si peu, c’est la corruption d’un pays exsangue, qui continue à pratiquer l’art de la disparition, dans le plus grand secret. Les pages arrachées des avis de décès des années 90 ne semblent guère pourtant comporter de vérités dérangeantes, et cet exemple montre à quel point chacun avance en terrain miné. Comme dans un jeu, où les informations s’égrènent au compte-goutte, avec à chaque pas le risque de tomber.

« Ça a commencé comme un jeu. A peine Julia partie, ma sœur énumérait les choses qu’elle avait dites. Enfin, pas des choses, pas des informations, mais quelque chose, n’importe quoi. Jamais plus de trois » (p.110).

Le secret semble pourtant suinter de toutes parts, et ce « quelque chose » obsédant permet au roman de se dérouler comme la pelote emmêlée d’un fil, ténu, cassant, qui mène à la connaissance de la vérité. A la source, et donc à l’origine. Car cette question apparaît, dès le commentaire sur « l’étiologie douteuse » du crime, comme l’un des fils conducteurs du récit labyrinthique qui se déploie dans les mains de Guyot.

Au cœur de cet échange, se pose en effet une question obsédante, celle de la filiation et de l’héritage. Les personnages sont essentiellement les fils et filles de la dictature militaire, et assument cet héritage sous l’égide de parâtres corrompus, malfaisants, qui ont perverti la réalité, mais aussi les liens du sang, scellant par le crime ce qui aurait dû l’être par l’amour. Pour faire taire un homme, on tue son fils – ou le chien Fernando, seul muni d’un prénom, et substitut filial d’un couple heureux. Au couple « parental », fût-il bâti sur un atroce mensonge, s’ajoute la figure sinistre du parrain, protecteur de l’enfant et menace sur les parents qui parleraient trop. La jeune femme qui se tue au début du roman semble n’avoir pas de parents, ce qui ne fait qu’accentuer le mystère de ses origines et l’enchevêtrement d’une histoire singulière et nationale. Inversement, des figures maternelles se dressent, comme celle de la psychiatre Vera Ostots, près de laquelle Guyot glane des informations dans un café qui devient souricière. Mais le refuge devient piège, la figure protectrice s’éloigne et cesse d’aider le journaliste. Il s’avère impossible d’interroger les « parents » sur un passé qui les emprisonne encore et bloque toute tentative de vivre. A l’origine de cette filiation morbide, c’est le drame des « adoptions » d’enfants d’opposants par les tenants du régime pendant la dictature qui s’ébauche peu à peu. Le scandale n’a été révélé que tardivement, notamment par le combat du poète Juan Gelman et son récit par Carlos Liscano en 2004 : le livre qui retrace l’enquête d’un grand-père pour retrouver sa petite-fille, née en captivité et adoptée par des militaires, fait éclater au grand jour l’un des épisodes les plus traumatisants de l’histoire argentine, que de nombreux récits et films ont rendu publics lors de la dernière décennie. Des milliers d’enfants d’opposants politiques ont ainsi été élevés par d’autres parents, sans jamais le savoir, ce qui remet en cause toute la généalogie et l’histoire personnelle d’individus nés de l’horreur, de la violence et du mensonge. Comment une nation pourrait-elle se bâtir sur des origines aussi douteuses ? comment peut-on devenir adulte à son tour dans un pays double, ayant bâti sa fastueuse modernité sur un mirage démocratique ? Ce mensonge autour des biographies fictives des personnages qui peuplent le pays éclate lorsque Guyot lit le travail de Julia, dont il comprend qu’elle est le nègre – autre image de l’imposture et de l’illusion – des personnalités qui publient leur autobiographie :

« Pourquoi des récits de vie. Si semblables les uns aux autres. Même allure. Construits autour de ce qui est espéré de quelqu’un, mais non de ce que l’on est. Ça ne peut pas être de la littérature, pense Guyot. C’est un travail d’employé de bureau. Un bureau de vies édifiantes. Il rit. Imagine ces personnages entourés de petits-enfants, reconnus par leurs proches, bouffis d’autosatisfaction, fauteuil, regard du vieux guerrier au repos. Mensonges. Aucune vie ne ressemble à ça » (p.122).

Les ombres qui errent dans ce récit dense et oppressant contribuent donc à soulever l’un des enjeux majeurs de la littérature argentine de cette dernière décennie : celle des rapports entre l’individu et le système, celle de la réalité et de la fiction sur laquelle elle est bâtie, et celle du mal qui régit les rapports entre les individus dans un système qui reste dominé par le secret et la menace permanente. Le roman noir permet à Eugenia Almeida de donner forme à cette angoisse terrible qui étreint les fils et les filles de la dictature, enfants perdus dans les décombres d’un vaste mirage, cernés par les ombres puissantes d’un passé qu’on ne parvient pas à reléguer tant qu’on n’a pas fini d’en faire le procès. La lucidité, fût-elle portée par une tension très forte, est alors l’une des formes les plus courageuses qu’adopte le romancier pour affronter le présent et permettre à ses lecteurs de s’en emparer.




viernes, 9 de septiembre de 2016

Chaco For Ever - Mempo Giardinelli





Ante el abismo 

En 1975 Mempo Giardinelli trabajaba en la Revista Siete Días. Esa relación laboral le impedía presentarse al concurso de cuentos policiales que organizaba el semanario. Pero la tentación era demasiado grande. El jurado era “espectacular”: Borges, Roa Bastos y Marco Denevi. Giardinelli se guió por el deseo y envió un cuento, sabiendo que en caso de ser elegido tendría que renunciar al premio y al trabajo. 

Los ganadores fueron cinco, entre ellos Piglia y Di Benedetto. Giardinelli recibió la primera mención. Tuvo que ocultar su alegría hasta que se animó a llamar a Denevi y contarle quién era y qué había hecho. En una mesa de café, Denevi le reveló algunas de las deliberaciones del jurado. Aquel cuento abre esta antología de relatos que acaba de publicar Edhasa. Cuarenta años después, “El paseo de Andrés López” sigue funcionando a la perfección.

El autor chaqueño aprovecha el territorio del prólogo para aclarar que si bien el título del libro hace referencia al club “más popular de Resistencia”, no hay en Chaco For Ever historias de fútbol. Tras un pequeño homenaje a maestros y colegas (Orgambide, Rulfo, Monterroso, Filloy, Xurxo, Anderson Imbert, Gorodischer y Denevi), Giardinelli revela “las dos vertientes que constituyen la médula de todo gran cuento: el fino humor sutil y la estremecedora tragedia, esas dos caras de la comedia humana.”

Un Falcon verde, un médico extrayendo una bala en el asiento trasero de un auto, una adolescente negra en Resistencia. Un reencuentro, una larga confidencia en la cocina. La cosecha de algodón y alguien que escapa corriendo por el monte. Un piano que cae desde el cielo. La carga de un camión destrozando dos cuerpos jóvenes. San La Muerte. Un hombre que acaba de salir de la cárcel. Un ex combatiente de Malvinas convertido en mendigo. Un opositor a Stroessner asesinado, simulando una fuga. Un preso que silba Nabucco, de Verdi, en una cárcel de la Patagonia. 

Hay algo crudo en Chaco For Ever. Los personajes descubren que las cosas no son como creían y en ese descubrimiento hay dolor, tristeza, furia, resignación. Algo los ha llevado al límite, al punto donde todo se desencadena y es inevitable mostrar lo que uno realmente es.

En muchos de estos relatos se presentan con maestría escenas insoportables. En “Luminoso amarillo” una niña es vendida. Se ve la oscuridad, la miseria y la codicia obteniendo su presa. El narrador no juzga: muestra. Y ese mostrar es tan preciso y escueto que lo no dicho retumba con fuerza.  

Los cuentos de este libro llevan la marca de Giardinelli: el estilo sencillo (una sencillez siempre  difícil de conseguir) y el argumento contundente jugando en dosis justas. El equilibrio de un cuentista que domina su oficio.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero




jueves, 8 de septiembre de 2016

Comentario sobre L’échange ("La tensión del umbral") - Charybde 27: le Blog




Note de lecture : « L’échange » (Eugenia Almeida)


L’ombre portée de la dictature argentine derrière un fait divers. 
Glaçant et magistral.


Le troisième roman d’Eugenia Almeida publié en 2014, traduit en 2016 par François Gaudry pour les éditions Métailié, plonge le lecteur dans un état d’incompréhension et d’anxiété brumeuse, proche de celui de son principal protagoniste, Guyot, employé du journal local qui enquête, envers et contre tout, sur un fait divers énigmatique dont il ne peut se détacher à cause de l’incongruité extrême de l’événement et du lien mince le reliant à sa propre histoire.

Dans une rue centrale d’une ville argentine, une jeune femme braque un revolver sur un homme qui sort d’un bar. Quelques mots sont prononcés, l’homme ne réagit pas et lui tourne le dos. Alors la femme retourne l’arme contre elle et se tue, tandis qu’il s’éloigne calmement et disparaît. Suicide jugé sans conséquences, l’affaire est rapidement classée.

«Il prétend qu’il était allé au fond du bar. Et qu’il ne connaît pas le type. Il a fini par lâcher le nom de quelques clients. On est allé les voir. On dirait un club d’aveugles. C’est pour ça qu’on a refermé le dossier. De toutes façons, il n’y a pas de doute que c’était un suicide. Ce qui s’est passé avant, eh bien, je sais pas, ça restera du domaine privé.»

Appelé sur le lieu du drame, Guyot s’obstine à tenter de comprendre, il avance en tâtonnant malgré des témoins muets ou qui se volatilisent. Obsédé par l’enquête, il accumule des indices épars, cahiers de cette femme, incompréhensibles de prime abord, une page de journal volée, une photo qu’on a déplacé chez lui, un mot en caractère gras dans un avis de décès. Guyot néglige, avec naïveté et aveuglement, les conseils et menaces de moins en moins voilées et les catastrophes qui frappent ceux qui le côtoient ou le secondent dans cette enquête.

«Quand Guyot sort, il aperçoit sur le trottoir d’en face un homme très grand et très maigre. Il le remarque à l’ instant où celui-ci a coincé le mégot de sa cigarette entre le pouce et l’index et l’a projeté par terre comme s’il avait tiré avec une arme. Le corps de cet homme lui rappelle quelque chose, mais tout est comme ça en ce moment, un détail en rappelle un autre qui ne peut être non plus précisé et on ne trouve que des relations entre des fantômes qui ne disent rien.»

L’intrigue se développe au fil des voix qui s’entrecroisent, de personnages souvent dissimulés derrière leur patronyme, et des indices inquiétants égrenés dans le récit. L’inquiétude impalpable sourd et le vertige s’accroît, tandis que les mécanismes des médias, d’une police et une justice corrompues ou soumises se font jour, et les menaces du passé dont les ombres continuent d’assombrir le présent.

«Il arrive un moment où tout doit être mis en ordre. Les yeux s’ouvrent péniblement sur un monde sans signification. Juste une boite obscure saturée d’échos. 
Celui qui ne sait pas qu’il doit mesurer sa force entre en aveugle dans un monde régi par d’autres. Ce peut être beau ou terrible. C’est pareil. Les figures viennent du dehors, elles s’imposent à nous, nous dansons sur la musique d’un autre.»

La narration habilement construite permet de maintenir l’enquêteur dans un labyrinthe, tout en dévoilant au lecteur, en une peinture sombre et puissante, les séquelles du terrorisme d’état de la dictature, les réseaux souterrains qui subsistent dans les marges et les dégâts de la corruption et de la criminalité présentes et écrasantes, en toute impunité.


Charybde 7