martes, 23 de agosto de 2016

Entrevista a Ana Cacopardo




Me interesa la diversidad de lo humano


Ana Cacopardo, maestra en el arte de la entrevista, llega a Córdoba para presentar su libro “Historias debidas, conversaciones y testimonios”.

En la tapa, unas hebras; algo que hace pensar en un bordado, en un tejido colectivo, en la trama que formamos estando juntos. En la primera línea de los agradecimientos, una frase: “Todos somos gracias a otros”. De eso se trata Historias debidas. Conversaciones y testimonios; de cómo la Historia se construye con lo que sucede entre nosotros.

Durante años la periodista Ana Cacopardo entrevistó a diferentes personas recurriendo al testimonio como herramienta de reconocimiento. En sus producciones audiovisuales vimos aparecer rostros que nos hablaban de Latinoamérica, de identidades, de lucha, de dignidad, de resistencia. Con ellos conversaba Cacopardo, con su estilo personalísimo, coherente, preciso. El libro que la periodista viene a presentar a Córdoba recupera 31 de las entrevistas realizadas en el programa televisivo “Historias debidas”. A partir de un trabajo de “traducción”, lo que originalmente era imagen y sonido ahora está sobre el papel. Y a esas voces se agrega un valioso texto de Cacopardo con reflexiones sobre el testimonio y la entrevista.

–¿Cómo fue el proceso de elección de las entrevistas que decidiste incluir en el libro? 
–Fue una tarea difícil. Te diría que el primer criterio fue que expresaran la búsqueda de estos años. Siempre me gusta decir que en la agenda y en las preguntas está mi propia voz. Y por lo tanto mis propias búsquedas. El ejercicio de balance que impuso el libro me permitió ver que esas búsquedas han sido persistentes a lo largo de estos años. Me interesa pensar sobre las resistencias a las dictaduras, el género y la diversidad sexual, las identidades indígenas. Me interesa pensar sobre el arte y el trauma. Estos tópicos fueron ordenando la selección. Y luego creo que el recorrido por América Latina que hicimos durante estos últimos años tiene una presencia fuerte en el libro. Quizá porque ese recorrido tuvo para mí mucho de revelador. Y finalmente creo que otro de los criterios fue elegir voces que no tenían tanta circulación pública. Preferí incorporar voces como las de una antropóloga zapatista o las de un ex pandillero que trabaja con jóvenes vulnerables. Me parece que esos testimonios tienen mucho para decirnos sobre agendas centrales de nuestro tiempo. Como lo indica el juego de palabras que sintetiza el título del programa televisivo, y que quisimos preservar en el libro,  son historias que “nos debemos” contar. Darles dimensión pública, y por lo tanto dimensión política, es para mí un imperativo que le da sentido a mi trabajo en los medios de comunicación y el cine documental.

–Hablas de la empatía como un factor esencial en tu hacer. 
–La empatía es la capacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro. Es para mí un atributo fundamental para entrevistar y comprender. Para aproximarnos a universos bien diferentes al nuestro, corriendo nuestros preconceptos y habilitando una escucha atenta, que parte del interés genuino. Que no busca juzgar sino, por el contrario, comprender. Comprender, esa es la clave de mi búsqueda en las entrevistas. La empatía significa dejarse interpelar por el otro. Además, buscando descubrir o comprender a los otros, uno acaba descubriéndose a sí mismo. 

–¿De qué modo creés que se articulan los testimonios personales y la Historia con mayúscula?
Creo que hay una búsqueda por democratizar el sujeto de la historia con voces que no habían sido escuchadas. Y por aproximarse, a través de la palabra de los testigos o protagonistas, a ciertos climas de época. En el caso de la última dictadura militar, los testimonios han sido fundamentales para restaurar la dimensión de la maquinaria del terror. Yo creo que el testimonio nos devuelve un conjunto de dimensiones que de otro modo no hubiéramos podido recuperar.  Pero más allá del valor de verdad de los testimonios, es decir, más allá de los hechos y los datos que han permitido corroborar,  me interesa mucho detenerme en otro aspecto de los testimonios o de las memorias de la dictadura. Cuando un sobreviviente, un militante o un hijo de desaparecidos hace el ejercicio de narrar la propia experiencia, hay también una puesta en sentido de esa experiencia. Una elaboración. Esa zona de indagación es quizá la que más me interesa. 

–Gran parte de tu trabajo se ha desarrollado en medios públicos. ¿Cuál creés que debería ser el rol de Estado en la producción de contenidos periodísticos y culturales?
–La comunicación es un derecho de los pueblos, no un negocio para pocos. Y el Estado tiene que garantizar ese derecho. Con la derogación de la Ley de servicios audiovisuales, se ha producido un retroceso importante reconocido por la CIDH. Necesitamos inversión en políticas de producción audiovisual, esto implica tanto a las líneas de fomento del INCAA como a las que sostienen y financian contenidos para las televisiones púbicas o canales provinciales. O las que impulsan y estimulan las experiencias de los medios comunitarios. Tenemos un sistema de medios cada vez más concentrado. Y una situación preocupante por la pérdida de fuentes de trabajo en todo el país. Me parece que el debate sobre el sistema de medios es inseparable del debate sobre la salud de nuestra democracia. 

–¿De qué querrías dar testimonio hoy?
–Como siempre, las preguntas más simples son las más difíciles de responder. Y probablemente, las mejores.  Quizá lo primero que debería decir asume la forma de una reafirmación: la voluntad de continuar dando testimonio a través de mi trabajo periodístico o documental desde un enfoque de derechos humanos. Aunque a veces sienta que no sirva para nada. O aunque no esté claro, desde dónde hacerlo… Me interesa visibilizar las luchas de los que intentan transformar escenarios de injusticia y opresión. Me interesa poner en foco las experiencias de los que no se resignan y construyen desde el pie. Me interesa la diversidad de lo humano,  que nos saca de nuestro pequeño y diminuto mundito. Y si hablamos de dar testimonio de estos tiempos, me interesa seguir pensando cómo hacerlo, cómo contar, cómo narrar, aunque puesta a elegir, me gustan las historias mínimas que condensan los grandes temas. Y me gusta el lenguaje audiovisual porque nos trae una atmósfera, la cadencia de una voz o un rostro que nos devuelve la mirada. ***


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero





viernes, 12 de agosto de 2016

REVISTA CARAPACHAY o la guerrilla del junco - INES GARLAND – EUGENIA ALMEIDA

Profundamente agradecida por la invitación de la 
Revista Carapachay y por el encuentro con Inés Garland



12 agosto, 2016

INES GARLAND – EUGENIA ALMEIDA

Carapachay convocó para este nuevo cruce epistolar a las escritoras Inés Garland y Eugenia Almeida. Ellas no se conocían personalmente antes de estas cartas. Pero, más allá de eso, comienzan aquí una charla en donde lo familiar, la memoria y la escritura giran sobre el espacio del río para indagar una geografía. Porque todos estamos, tarde o temprano, atravesados por la experiencia de un río. Con las cartas irán también las fotos que Inés Garland quiere mostrarle a Eugenia Almeida. Una selección familiar que acompañan los textos, que se entremezclan. Así se irá macerando este diálogo intenso, emotivo, entre dos grandes escritoras, que saben contar, que saben conmover. Que saben compartir con las palabras.


Link para LEER EL ARTÍCULO COMPLETO




lunes, 8 de agosto de 2016

Nuevo horario para "Dame Letra"



A raíz de los cambios en la programación 
de Radio Universidad, desde el 14 de agosto  
“Dame Letra” estará al aire 
los DOMINGOS de 14 a 15.

@dameletra580



jueves, 28 de julio de 2016

Casa que arde - Emilio García Wehbi / Artaud: Lengua ∞Madre - Emilio García Wehbi y Gabo Ferro




Lenguas de fuego

Ediciones DocumentA/Escénicas acaba de publicar “Artaud: Lengua∞Madre”, un libro escrito  por Emilio García Wehbi y Gabo Ferro.  En agosto de este año, la editorial cordobesa ya había editado “Casa que arde”, una relectura de García Wehbi sobre “La casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca.

Emilio García Wehbi es un bicho raro. Está siempre al borde, jugando con los límites, borrando las fronteras. Va en busca de los puntos de encuentro de distintas disciplinas para hacer estallar las grietas de nuestra cultura. Su obra es compleja, cada paso puede leerse como un nuevo episodio de puesta en tensión de las certezas. Sus textos están hechos con lo que el mundo deja a un lado: los residuos, lo anormal, lo deforme; las cosas que han sido sofocadas, tapadas, censuradas. Wehbi va al choque. Su escritura no es amable. No es fácil. Que no vaya nadie a buscar en sus libros algo que lo serene o lo reconforte. Que sí entren aquellos que estén dispuestos a ser sacudidos. 

Gabriela Halac es un mirlo blanco. Alguien extraordinario y valioso por su rareza. Escritora, gestora cultural, editora. También ella sabe habitar los confines, ese espacio donde el riesgo se vuelve entusiasmo y manifiesto: un modo desprejuiciado de estar en el mundo. DocumentA/Escénicas, la editorial que dirige, se ha convertido en un sello que es garantía de singularidad. Hay algo único en su catálogo, es sencillo reconocer sus libros: cierta delicadeza, cierta precisión, un objeto perfecto y un contenido difícil de encasillar.

Halac y García Wehbbi han jugado juntos tres veces. La primera fue Luzazul, que recibió el Premio Alberto Burnichón al libro mejor editado en Córdoba en 2014. En 2015 publicaron Casa que arde y Artaud: Lengua∞Madre


Prisioneras

Casa que arde surgió como una obra de teatro estrenada en abril en el KonzertTheater Bern de la ciudad de Berna, en Suiza.Bajo el subtítulo “Teatro para niñas anarquistas y animales embalsamados”, el libro es una reescritura de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Bernarda es aquí una mujer que, a medida que habla, se va transformando en cuervo. Su voz soporta un monólogo perforado por voces ajenas. Una garganta ventrílocua que repite el discurso de otros. 

La vida familiar como “un campo de concentración modélico”. La relación –monstruosa, opresiva, dictatorial– de los padres con los hijos. Un Ejército de Liberación Femenina para combatir “el discurso y la dominación falocentrista”. Una discusión entre los animales del bosque. Imágenes y personajes que ponen en escena la opresión. La iglesia, la familia, la psiquiatría, la ley: fuerzas disciplinadoras. 

Wehbi recurre a diferentes elementos para armar su retablo. En estas páginas se mezclan la mitología griega,  la tradición judeocristiana, los nombres de un batallón de psicofármacos, citas de Kafka, Kropotkin y Cocteau, referencias a Mahler, ecos de Lewis Carroll. El machismo, las sociedades patriarcales y la arquitectura de los poderosos toman cuerpo en figuras disímiles: Mao Tsé-Tung, Robespierre, Picasso, Brad Pitt, el Papa Francisco, Bruce Lee, Reagan, Sartre, Federer, Walt Disney, Gengis Kan. Todo eso se cruza y se potencia para evidenciar que los siglos pasan pero algunas cosas apenas cambian. 

Casa que arde se completa con los dibujos de Elisa Canello. También allí entran en juego las citas, los homenajes y las recreaciones. La artista cordobesa hace una reescritura de la obra de Henry Darger, retomada por Wehbi en el texto. Juego de espejos que se reflejan, se deforman y muestran mucho más de lo que podría esperarse. El trabajo de Canello no puede llamarse “ilustración”. Hay dos artistas sobre el papel. Cada uno dialoga con el otro desde su experticia. Se logra una polifonía inesperada. 

Hay dos dibujos que se diferencian del resto por su estética. Reproducen una imagen de Juana de Arco basada en la famosa película de Carl Dreyer. Una película quefijó para siempre la iconografía en torno a esa heroína francesa y en la que actuó Antonin Artaud. Aparentemente, todo en la obra de Wehbi se convierte en la trama de una red que continúa de libro en libro.


Tótem y tabú

Artaud es la palabra clave que reunió a Wehbi con el músico e historiador Gabo Ferro. Juntos presentaron la performance Artaud: Lengua∞Madre en la Bienal que se hizo enBuenos Aires este año. De esa experienciasurgió el libro que acaba de editar DocumentA/Escénicas. Los autores se funden en lo escrito, no hay marcas que permitan saber qué escribió cada uno, se trata de un verdadero trabajo en colaboración. Y no es un dato menor ya que el libro aborda, justamente, las relaciones entre arte y poder. 

También en este texto se recurre a la mitología judeocristiana, fundamentalmente a Abraham, utilizado aquí para hacer alusión a Marina Abramovic, figura tótem del mundo de las performances. Wehbi y Ferro atacan el centro de la cuestión: en “Interferencia. Contramanifiesto del Método Abraham” proponen una serie de postulados que discuten el “Manifiesto de la vida de un artista”, de Abramovic. Los autores parodian a quienes han construido su propia industria enriqueciéndose y empoderándose en un sistema que dicen despreciar. Es un ejercicio interesante leer ambos textos (disponibles en internet) para acceder a una discusión –poblada de ironía, sarcasmo e inteligencia–  sobre las relaciones entre arte y mercado, obra y mercancía, impostura y vanguardia.  

El libro incluye poemas, registros de cuadernos escolares, dos conferencias (que usan el humor para desnudar el discurso científico) y un “Manual del usuario” escrito por Federico Irazábal.

Quizás lo más impactante de Artaud: Lengua∞Madre sea el primer encuentro. La editora decidió ofrecer a los lectores un “dispositivo editorial que se define como un libro intonso”. Los pliegos de papel no han sido cortados. Para poder hojear el libro es necesario cortarlo. Destriparlo, intervenirlo quirúrgicamente, tajearlo, abrirlo; cada uno elegirá la palabra que prefiera. Es una operación que lleva unos minutos, dependiendo de la pericia. La belleza está en que no habrá dos libros iguales. Cada lector, con su torpeza, su delicadeza o su impaciencia dejará huellas diferentes. 


Transformaciones

Puestas de teatro o performances que mutan en libros: lo que  comienza con música puede volverse pintura o puro cuerpo o tinta sobre la piel. Todo va de un lado a otro en la obra de Wehbi. Casa que arde y Artaud: Lengua∞Madre funcionan como libros individuales y, a la vez, como piezas de una misma herramienta. La tenaza que construyen juntos permite reflexionar sobre el poder y sus efectos. 

Wehbi es un gran lector y comparte sus recorridos sin hacer ostentación. Como señala Gabriela Halac: “Sus obras están llenas de citas, intertextosde muy diversa procedencia que no interfieren en la lectura parahacerse notar como portadores de sapiencia, sino que aportan al sentido para quien sea capaz de identificarlos. Es un autor que se apropia de lo contemporáneo, de lo clásico y que es capaz de mestizajes que en el cruce generan potencias nuevas.”

En una entrevista en Ciudad X, Wehbi definió a Halac diciendo que edita “como una artista”. Consultada sobre el proceso de trabajo con Wehbi, la editora dice que una de las ventajas de trabajar con él es que el autor “entiende perfectamente que el texto es un punto de partida para construir un dispositivo editorial donde la materialidad es un sentido y el libro es una pieza.”  Un escritor raro, una editora singular. Dos artistas que celebran la posibilidad de transformarse a través del trabajo con los otros. Los lectores, agradecidos.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




jueves, 21 de julio de 2016

La risa de las bandurrias - Ariel Magnus




La risa del misántropo

Fernando es un arquitecto porteño especializado en hacer casa-quintas que, después de haber sido abandonado por su mujer, decide dejar todo e irse a vivir al sur. Como si ese nuevo paisaje (desolado, ventoso, frío) pudiera hacer menos visible la propia desolación. En El Bolsón va a conocer a personajes de lo más diversos: un chofer de colectivo terco y malhumorado, una rara familia dedicada al turismo, una vaca, un chico que roba libros, un bibliotecario que se autodenomina corresponsal de policiales, un mecánico que engorda tres kilos por año, un ermitaño que juega al ajedrez, un gendarme que se prepara para un supuesta invasión chilena, la hija de un millonario y un grupo de hippies reafirmando lo más reaccionario del sistema.

El narrador es un bicho de ciudad que traduce lo que ve a los términos de lo que conoce. Un poco como hacemos todos. Pero aquí, eso se vuelve risa y esa risa, revelación, descubrimiento de lo que estaba escondido bajo el disfraz de lo naturalizado. Claramente no es la risa alegre que celebra sino el gesto burlón del que ha perdido toda ingenuidad, el rugido del que ha visto el revés ridículo de las cosas: la risa del misántropo. Como muestra, basta un botón: Fernando viaja y va leyendo los nombres de las chacras. Harto de ver cosas como “Un Sueño Realizado” o “Mi Esperanza”, fantasea con que si tuviera una la llamaría “La pesadilla” o “Leucemia”.

Este libro se ríe de todo y de todos: de los hippies, de los profesionales, de las fuerzas de seguridad, de los paranoicos, de los ecologistas, de los porteños, de los provincianos, de la clase alta, de la psicología, de las teorías conspirativas, de la política, del mundo académico, del Peronismo, del etnocentrismo, de la literatura, de los servicios de inteligencia, de los nazis vernáculos, de la izquierda que opera para la derecha, de los suicidas, de la iglesia, de las nuevas tecnologías, de la xenofobia, de la globalización, de los medios de comunicación, de la escuela, del capitalismo y del anticapitalismo. En definitiva: este libro se ríe de nosotros.

Aquí lo que manda es el humor negro, la ironía, el sarcasmo. Como si Magnus fuera jugando con estas formas discursivas, probando unas y luego otras, logrando que cada una funcione en su esplendor. La risa de las bandurrias es una novela pero también podría servir como manual de ejemplos para estudiosos del humor. Sobre el final del libro, el narrador se preguntará si “la carcajada no será el lenguaje perfecto, el que lo dice todo con un solo sonido.”

Ariel Magnus es uno de los escritores más singulares de la literatura argentina. 

El humor no es un territorio sencillo: son pocos los que saben jugar ese juego. Magnus es uno de ellos.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero

lunes, 18 de julio de 2016

LOS ENGRANAJES DE LOS IMPUNES | ENTREVISTA en Revista Evaristo Cultural




LOS ENGRANAJES DE LOS IMPUNES 
ENTREVISTA A EUGENIA ALMEIDA

Nicolas Ferraro  julio 1, 2016  Rastros

La tensión del Umbral de Eugenia Almeida es una novela que habla del verdadero poder: el que no se elije ni se se puede sacar con una urna.


“La peor tentación es querer entender” se dice en la novela, dejando en claro que con saber no basta. No sirve. Que, más que nada, lo que se necesita es entender. Me gustaría que te explayaras sobre esta idea.

No hay posibilidad de saber, realmente, si uno no comprende. Esa es una gran confusión de la época: muchísima información que la mayoría traga sin  pensar. Los poderes más oscuros necesitan eso: millones de ovejas que repiten acríticamente lo que les ofrecen medios de comunicación y personajes que responden a esos mismos poderes. Esto, a nivel político.
Sin embargo, en la novela, esa frase está planteada en relación a algo que nunca termina de explicarse: por qué alguien se suicida. Toda respuesta posible es sólo una forma de clausurar lo inabarcable del suicidio.

De la novela se desprende que un rol de medios de comunicación, estaría dado por la saturación de la información que opera, en la práctica, como desinformación y, en ciertos casos, como tergiversación de hechos, desarticulando la realidad, ofreciendo una verdad que responda a sus intereses. ¿Esto fue siempre así o podríamos reconocer un tiempo histórico, como punto de inflexión que marca un antes y un después?

No me animaría a afirmar que fue siempre así. Lo sospecho, pero no puedo asegurarlo. Sí tengo claro que el rol de los medios ha cambiado muchísimo. No es lo mismo el periodismo que se hacía en los 70, en los 80, en los 90, en el 2000 u hoy. Cada vez es más claro que los medios son herramientas básicas para la dominación. ¿Que hay periodistas que tratamos de hacer otra cosa? Por supuesto. Estoy diciendo esto a nivel empresarial.
Es difícil generalizar: no es lo mismo un pequeño medio que un enorme emporio mediático. Incluso dentro del mismo medio, a veces hay secciones muy progresistas dentro de medios que se caracterizan por ser muy reaccionarios. El problema está en cómo reaccionamos nosotros ante lo que nos dan los medios. Actualmente, en 2016, me horroriza la cantidad de gente que acepta, consume y reproduce la inocultable manipulación mediática que se da en torno a la realidad política y social en nuestro país.

La Tensión del Umbral está llena de heridas abiertas del pueblo argentino -Terrorismo de Estado, robo de bebés, la impunidad de los de arriba-. ¿En qué medida se escribe para cerrarlas? ¿Y en qué casos para entenderlas?

Mi intención no es cerrar. No se va a cerrar hasta que no haya justicia. Retomando los temas que mencionas: no se va a cerrar hasta que se haya juzgado a todos aquellos relacionados con el Terrorismo de Estado, no se va a cerrar hasta que se recuperen todos los nietos apropiados; no se va a cerrar hasta que deje de haber impunidad. No tengo una programática mientras escribo pero no soy ingenua: creo que en mis escritos salen aquellos temas que me preocupan. Y son esos.
No sé si el horror se entiende. Pero hay que hablarlo. Una y otra vez.

Esta búsqueda de la verdad y su correspondiente exposición, es un motor de la novela. ¿La verdad, por sí misma, tendría la capacidad de generar cambios sociales y políticos en Argentina? ¿La sociedad argentina exhibe, en la actualidad, una vocación real orientada a querer conocer e interpretar la verdad o esta genera, en la sociedad, más temor que ansiedad?

Uf. Son dos preguntas en una. La verdad puede generar cambios pero no siempre. Hay gente que enfrenta verdades espantosas y no puede reaccionar ante ellas. Sí creo que la verdad es condición indispensable de un cambio posible. Desde hace años gente como Estela de Carlotto y las Abuelas de Plaza de Mayo viene trabajando en ese sentido.
La segunda pregunta es más compleja ¿qué es “la sociedad argentina”? Para mí, sería muy difícil hacer generalizaciones. No soy socióloga, ni politóloga ni historiadora. Espero, deseo, confío en que la mayor parte de la comunidad esté de acuerdo en temas tan nodales como oponerse a la violación de los derechos humanos.

“La dictadura había terminado ya, pero todo era lo mismo.[…] Todos los bichos tienen cría”. ¿Podríamos desarrollar alguna idea sobre los efectos residuales de la dictadura?

La respuesta a eso está en la novela. Redes que lo atraviesan todo.

La novela carga en sus páginas varias muertes y golpizas, las cuales, mayormente, suceden fuera de campo, en elipsis. En un tiempo en que las novelas negras están cargadas de sangre, bordeando lo gore,  proponés otra estética. Me gustaría hablar de eso.

Como lectora y como escritora, prefiero lo que se hacía en las tragedias griegas: si hay algo espantoso (Edipo arrancándose los ojos, por ejemplo), que sea fuera de escena.

Lo que está por encima –o detrás- de la ley, las sombras sin nombres, lo oculto, lo impresentable, ¿incentiva o frena todo intento de correr el velo?

En primera instancia diría que lo frena, claro. Pero creo que también juega con cierta omnipotencia: a veces incentiva una búsqueda que luego castiga. Y quizás sólo lo hace para demostrar que puede hacerlo.

Desde Rastros: Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal de la Biblioteca Nacional, tenemos la hipótesis de que la novela negra, al reposar en la idea de crimen, reflexiona –de manera conciente o no- sobre el derecho como estructura simbólica e imaginaria de la sociedad. En el choque de nociones como Justicia/ley y, en definitiva, en el rol del Estado. Me interesa conocer tu opinión.

Sería muy difícil responder a eso en pocas líneas. Creo que “La tensión del umbral” bordea esta relación entre Justicia y Ley. Creo que se ocupa también de hablar de cuánto estamos dispuestos a hacernos los distraídos con todo lo que pasa en torno a nosotros. Pero el hueso de la novela se relaciona con el modo en que se enlazan la Historia con mayúscula y las historias personales. Creo firmemente que cada gesto tiene una carga política porque construye mundo. Uno de los muchos mundos posibles.

¿Por qué creés que el género negro está siendo consumido con tanta avidez en todo el mundo?

Quizás porque aborda temáticas que nos inquietan. Quizás porque muchas novelas negras tiene como eje un enigma y hay cierto placer en “descubrirlo”, en poder dotar de sentido a las cosas.

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Cómo se modificó al escribir esta novela en una residencia bajo  el patrocinio del Conseil Général du Départament du Nord (Francia)?

Como la mayoría de los escritores en nuestro país, escribo cuando puedo. En los ratos libres que deja el trabajo. No tengo demasiadas cábalas, me acomodo a lo que se puede.
La experiencia en la residencia de Mont Noir fue extraordinaria. Dos meses para poder dedicarlos completamente a la escritura, un equipo humano que nos atendió como si fuéramos de su familia, conversaciones generosas, encuentros con los lectores, paseos por un bosque enorme. Me permitió crear una cápsula de tiempo donde trabajar con completa tranquilidad.

¿Cómo manejás el clima, la atmósfera, en tus narraciones?

Sólo escribo, voy haciendo lo que puedo. Corrijo mucho. Nunca usaría la palabra “manejar” en relación a la escritura. Se trata, más bien, de dejarse llevar.

¿Cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Qué pregunta más difícil. Para mí, la escritura debe funcionar como si fuera música. Cuando corrijo, leo en voz alta. Si algo desafina, lo trabajo, lo limo, lo saco. Casi nunca agrego. En general se trata de una poda. El argumento y la trama trabajan por su cuenta, yo voy por atrás, corriendo atrás de ellos, tratando de ser fiel en el uso del lenguaje. A veces el lenguaje manda y decide el argumento y la trama. Y cada libro  es diferente.



martes, 12 de julio de 2016

Observada - Renée Knight



Secretos de familia 

Una mujer lee un libro. La lectura funciona como una grieta, una fisura, un quiebre que la pone frente al abismo. La novela que está leyendo habla de ella. Y se refiere a un secreto que ha guardado durante veinte años. Lo escrito bordea lo que pasó pero da una versión diferente, malintencionada, llena de furia. El libro es una trampa. Un peligro que sólo ella sabe advertir. ¿Con quién hablar de algo que hemos preferido callar? Catherine vuelve a repasar las primeras hojas. Alguien ha tachado con una línea roja la típica aclaración que advierte que la obra es ficción y que cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. No hay datos del autor. La editorial se llama “Ramnusia”, otro nombre de Némesis, la diosa de la venganza.

El acoso, el hostigamiento y la falta de respuestas conspiran para que Catherine desespere. El punto de quiebre llega cuando su hijo le comenta, al pasar, que él ya ha leído ese libro, que alguien se lo llevó de regalo a su trabajo.

Observada, la primera novela de la guionista inglesa Renée Knight, propone una estructura que va combinando dos historias. Por un lado, Catherine y su zozobra. Por el otro, un profesor retirado, viudo, que trata de acomodar los restos de una vida destruida. Las escenas se van sumando: una mujer corre por un cementerio, un hombre encuentra escondido algo que pertenecía a su esposa muerta, un departamento en ruinas, un ratón pudriéndose; los recuerdos y las fantasías. Los rumores, las calumnias, las mentiras; el modo lento, corrosivo e irreparable en que se instala el odio. 

Observada es el séptimo título de la colección Salamandra Black, dedicada al género negro. Una novela de suspenso psicológico que hace crecer la angustia hasta un punto casi insoportable. El libro es un thriller perfecto. Aquí, lo agobiante no es un crimen sino la maquinaria de negación y justificación que funciona incansable en ciertas familias: nadie quiere ver lo que está a la vista, el sistema de percepción se desvirtúa para que cada signo corrobore que todo está bien. Una historia que establece cierto parentesco con la película Tenemos que hablar de Kevin, de  Lynne Ramsay. Renée Knight sabe hablar de la oscuridad. Algo en su estilo recuerda a Ruth Rendell, aquella maestra en contar historias que nos advierten que lo inquietante no está lejos, no está afuera, no es ajeno.  


Eugenia Almeida

Publicada originalmente en Ciudad X





jueves, 7 de julio de 2016

Y tú no regresaste - Marceline Loridan-Ivens





La superviviente

“A pesar de lo que nos sucedió, yo he sido una persona alegre; tú lo sabes. Alegre a nuestra manera, para vengarme de estar triste riéndome de todos modos.” 

Esas son las primeras frases de Y tu no regresaste, el segundo libro de la cineasta francesa Marceline Loridan-Ivens. Y en esas palabras están las coordenadas de esta historia: una larga carta que una mujer escribe a su padre, muerto setenta años atrás. Ambos, víctimas del horror nazi en la Segunda Guerra Mundial. Él, nunca regresó. Ella, la niña detenida a los 15 años, pudo resistir. La carta se abre hablando de cierto tipo de alegría, la que se usa como un arma, como un escudo contra la tristeza. Comienza diciendo “tú lo sabes”; busca en el otro el testigo que sostenga; no sólo el interlocutor sino el que puede comprender, el que da existencia. Una carta al ausente. El que falta pero, al mismo tiempo, está presente.

Por esos años Marceline Loridan-Ivens se llamaba Marceline Rozenberg. Era una adolescente. Cuando los nazis llegaron hasta su casa y la detuvieron junto a su padre, ella trató de conservar la calma. En la estación de trenes dijo: “Trabajaremos en ese lugar y volveremos a encontrarnos el domingo”. A esa frase su padre respondió: “Tú sí volverás porque eres joven, pero yo no regresaré”. 

Fueron llevados a los campos. Él, a Auschwitz; ella, a Birkenau. Dos territorios separados por sólo 3 kilómetros que resultaban inconmensurables porque padre e hija estaban perdidos en “la insoportable incertidumbre sobre lo que le ocurría al otro”. 

78750. El número que le graban en el brazo. Marceline es convertida en víctima pero también en obrera de esa espantosa línea de producción: revisar la ropa de los muertos, cavar zanjas donde quemar cadáveres y construir rampas en las entradas de los crematorios. Los prisioneros pasan a formar parte de una maquinaria que, cuando agote su fuerza de trabajo, va a destruirlos con la misma estructura que fueron obligados a perfeccionar. Una maquinaria que aplasta hasta que logra hacerle decir a una chica de 15 años “ya no había humanidad en mí (…) yo estaba al servicio de la muerte”. 

Luego de contar parte de su experiencia en el campo de concentración, Loridan-Ivens aborda un momento histórico muchas veces omitido en los relatos de los supervivientes: el regreso. El intento de volver a encajar en una sociedad que –por acción u omisión– permitió el horror y luego prefirió olvidar. Una sociedad a la que cualquier recordatorio le resultaba amenazante porque vivía una “posguerra amnésica y antisemita que se regodeaba en el cuento de una Francia heroica.” 

Marceline aprende una nueva forma de la supervivencia: el silencio. Su propia madre está entre aquellos que no quieren saber; ni siquiera va a buscarla a la estación de trenes cuando le dicen que ha sido liberada.

Es su tío Charles el que la alerta sobre la soledad que trae la incomprensión de los otros, los que no quieren oír, los que “no entienden nada”. Marceline tiene 17 años. No volverá a la escuela. Va a convertirse en cineasta; en una mujer que, ante los papeles administrativos relacionados con la guerra, dice: “yo no me creo nada de la historia oficial escrita por Francia”.

Dos de sus hermanos se suicidan; dos personas a las que también “mataron los campos sin haber estado nunca en ellos”. Quizás porque, como dice Loridan-Ivens, “siempre les faltaron las palabras que pudieran acompañarlos, que les indicaran cuál era su lugar en esta historia y en este mundo”. Ella, por el contrario, supo encontrar esas palabras y ahí se afirma, aun en la tempestad, cuando dice: “Soy la superviviente”. Una mujer de 86 años que escribe una carta postergada; una de las 160 personas “que todavía viven de entre los 2500 que regresaron”. Una de los 76.500 judíos de Francia llevados a Auschwitz y Birkenau. 

Y tú no regresaste es un libro breve y extremadamente potente. El lenguaje no alcanza para expresar lo indecible; posiblemente por eso Loridan-Ivens se limita a narrar, a describir, a detallar. Y es en esa sobriedad que las palabras se vuelven efectivas. El relato parece anular el tiempo transcurrido entre el momento en que padre e hija se vieron por última vez y el instante en que lo vivido se vuelve escritura.

Libros como este son necesarios no sólo para conservar la memoria sino también como un modo de llamar la atención sobre situaciones actuales que implican el sometimiento, la opresión y la ejecución de miles de personas en diferentes partes del mundo.



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 2 de julio de 2016

Delirios y ficciones



Convalecencia y fantasías

Me enfermo. La cuenta final dirá que han sido 12 días en cama, con dolores –de a ratos– insoportables. Lo más inquietante fueron los primeros días, con una fiebre altísima. Recuerdo solo tramos. Momentos en que un paño frío en la frente funcionaba como una especie de salvavidas; el aturdimiento; la sensación de estar atrapada bajo un piso de hielo, un hielo desconocido que quemaba y dejaba la boca seca.
La fiebre cedió y sólo quedó un dolor permanente en cada hueso, en cada articulación. Y la certeza de que alguien me había vaciado la cabeza. No es metáfora. Sobre el cuello sentía un globo lleno de aire turbio, repleto de palabras que no significaban.
Imposible leer. Imposible fijar la vista en algo. Como un modo de hacer correr ese tiempo detenido, un televisor al que apenas miro trae algunos sonidos a la pieza. La extraña cadena de sinsentidos que pasan por televisión. Todo mezclado en mi cabeza vacía. Un cocinero que grita frenéticamente. Un noticiero en el que hablan de animales y anécdotas familiares. Una publicidad con una cabra corriendo en una pileta, compitiendo con perros. Un panel de gente muy extraña que discute sobre una separación, los que acaban de separarse acusándose mutuamente, supuestos periodistas que hablan uno encima de otro. Una presencia amable se acerca hasta mi cama, acomoda las almohadas, me tapa, trae un té, un plato de sopa, pregunta algo, me abriga: todo lo contrario a la gente que sigue hablando en la pantalla.
Duermo. Más tarde (u otro día, no lo sé) en la televisión hay historias repetidas: aunque cambie de canal siempre es lo mismo: mujeres sometidas, forzadas a hacer cosas que no quieren. Una nena obligada a casarse con un desconocido. Una mujer obligada a casarse con el hermano de su esposo muerto. Una mujer agonizante obligada a atender a su marido. Novelas extranjeras que parecen filmadas hace cuarenta años; historias en las que un hombre, para seguir la tradición, debe asesinar a su hermana si ella deja de ser “virtuosa” pero en las que se pixela la imagen si alguien bebe una botella de alcohol. ¿Es la fiebre? No.  A la mujer agonizante la viene a ayudar la señora Ingalls. ¿La familia Ingalls? ¿Cuántos años tengo? Me duermo.


Trabajo

Cuando la fiebre bajó pude empezar a responder algunos de los mensajes que hacían vibrar el teléfono. Leer, sólo unos minutos. El dolor de cabeza seguía ahí. La sensación de una realidad distorsionada, algo familiar que se va transformando hasta lo desconocido o viceversa. 
Agotamiento. Una amiga médica me explica que tengo muy pocas plaquetas, que los glóbulos blancos han bajado muchísimo. Todo lo que oigo y lo que veo se acomoda en una especie de cuarto acolchado y, a la vez, filoso: mi propia cabeza. 
En uno de los mensajes que llegan, una amiga pregunta cómo estoy. Cuando menciono la fiebre, el aturdimiento, la sensación de alucinar, me dice que todo delirio puede ser creativo, que escriba, que aproveche. 
Miro el portalápices que hay siempre al lado de mi cama. Miro el block de papel sobre la mesa de luz. La pila de libros. Suspiro. La sola idea de incorporarme y agarrar un lápiz me ha dejado exhausta. Duermo. De a ratos se meten en mis sueños todas esas mujeres brotadas de las novelas de la siesta. El resto de los sueños repiten siempre lo mismo; hago dormida lo que no puedo hacer despierta: doy clases, corrijo los prácticos de mis alumnos, elijo lecturas para los talleres, escribo reseñas sobre libros, pienso en preguntas para entrevistas en la radio, atiendo gente que llega a la biblioteca. Sueño que trabajo. Pienso en esa educación que me tocó en suerte. Trabajar, como sea. Sin quejarse. Caló tan hondo que incluso enferma parte de mí cumple con el mandato. Me duermo pensando en cuántos años puede llevarnos liberarnos de las prisiones construidas en la infancia. 


Materia prima

Me siento un poco mejor. Eso quiere decir que no tengo energías para moverme pero que, al menos, la cabeza puede hilar algo. Cuento los días que llevo sin poder leer. Siete. Me quedo pensando en el mensaje de mi amiga. Aprovechar el delirio de la fiebre como materia creativa. Una escritora a la que admiro (¿Marguerite Duras? ¿Patricia Highsmith?) dijo alguna vez que para un escritor toda experiencia es valiosa. Siempre me dejó perpleja esa frase. ¿Por qué “para un escritor” y no para todos? Supongo que la idea base es que para un escritor (o para un actor) lo vivido puede convertirse en materia prima. No lo sé. Puede inferirse de esa frase que todo lo que uno escribe tiene un sustrato autobiográfico, una idea con la que estoy totalmente en desacuerdo. 
Mi perplejidad no se basa sólo en el rechazo a enlazar autobiografía con escritura (la literatura sería mortalmente pobre si sólo escribiéramos sobre lo que hemos vivido) sino también en que la frase tiene una suerte de espíritu de abnegación: soportar algo desagradable en nombre de una supuesta productividad creativa.  “Por lo menos esto puede servirme para escribir después”. 
Mi cabeza sigue moviéndose a los tumbos. Pienso en la pregunta más frecuente que recibe alguien que escribe: “¿De dónde saca sus ideas?” Infaltable en toda entrevista, en todo encuentro con los lectores, en toda charla. 


Otros mundos posibles

Si cada uno de nosotros tuviera que asomarse a una experiencia real para poder escribir sobre ella, no escribiríamos. Salvo que la experiencia que quisiéramos  vivir fuera, justamente, la escritura. 
Siempre ha habido gente que opone “vida” y “escritura”. Hace unos años, en una Feria del Libro, un escritor joven dijo que para él era muy sacrificado escribir porque tenía que renunciar a vivir las cosas que vivía la “gente común”. Alguien del público lo toreó preguntándole por qué, si era tan sacrificado, no abandonaba la literatura para dedicarse a hacer esas cosas a las que renunciaba con tristeza. Se armó una buena discusión. 
Lo que quedó flotando era una pregunta: ¿a qué renunciamos para poder escribir? Hubo muchas respuestas. La mía era sencilla: a las mismas cosas que renunciamos para hacer cualquier otra actividad: jugar a las cartas o trabajar o cocinar o ir al campo. Y no me imagino a nadie parado al lado de una parrilla explicándole a sus amigos que tuvo que sacrificarse y renunciar a “otras cosas” para poder estar allí, comiendo un asado. 
La escritura es parte de la vida. Una de las muchas posibles experiencias de la vida; una de las más ricas e intensas. ¿Por qué? Porque permite el ingreso del “hubiera”. De otros mundos posibles, de lo que no fue, de lo que habría podido ser. La escritura amplía las posibilidades. Eso, en mí, nunca puede leerse como sacrificio. Más bien es todo lo contrario.


¿De dónde saca sus ideas?

Y volvemos a la pregunta inicial. Todas mis ideas salen de pensar qué podría pasar ante determinada encrucijada; de preguntarme qué hubiera podido ser si las cosas hubieran sido de otro modo; de estar frente a una situación y continuarla, en la mente, por caminos que la realidad desechó pero que la literatura podría recuperar. 
Algunos ejemplos: 
Hace unos meses viajé a un encuentro literario. Los organizadores se ocuparon de comprar los pasajes de avión. Al llegar al aeropuerto de destino debía pedir un remís hasta la terminal y luego tomar un colectivo y viajar tres horas más. 
Llego al aeropuerto. Busco la agencia de remís. Pago, me acompañan hasta un auto lujoso de vidrios polarizados. Le digo al chofer que vamos a la terminal, él pregunta por mi destino final, digo el nombre de una ciudad a 300 kilómetros, él se ofrece a llevarme en coche, le agradezco, le digo que mi pasaje ya está  comprado, miro los vidrios polarizados, miro una ciudad desconocida, me digo que no sé hacia dónde queda la terminal, veo casillas de chapa bordeando una ruta provincial, reconozco que este es uno de esos momentos en que las personas pueden desaparecer: grietas de tiempo en las que nadie sabe dónde estamos. Mi cabeza está escribiendo. Dos relatos. Opción uno: una mujer (de mi edad), en esta misma situación, decide atravesar esa fisura que acaba de descubrir: alejarse para siempre de lo que hasta ese día ha sido su vida. Opción dos: una mujer (muy joven) en esta misma situación. El chofer no la lleva a destino. La secuestra, la hace “desaparecer”.
Llegamos a la terminal. Faltan tres horas para que salga mi colectivo. Camino. Hay un changarín sentado sobre una bolsa de arpillera, comiendo su almuerzo. Lo veo mirar a unas chicas que están unos pasos más allá, vendiendo copias piratas de discos de cumbia. Muerde. Mastica. Detiene la mirada en una de las chicas. Vuelvo a escribir en la cabeza: ¿quién es ese changarín?¿Por qué mira a esa chica? ¿Está enamorado? ¿Es otra cosa? ¿La conoce? ¿Ella lo conoce? ¿Qué pasaría si él se acercara y le hablara? Opción uno: un reconocimiento, un gesto de alegría. O de estupor. Opción dos: ella no lo reconoce, él se enfurece, alguien saca un arma, hay una corrida. Si hubo amor ¿de dónde salió? Si hubo furia ¿cómo empezó?
El mundo sigue igual. El changarín mira a la chica, la chica mira a sus amigas, ninguno parece imaginar que yo estoy escribiendo una historia a partir de ciertos  gestos que ellos han producido. Si finalmente escribo una historia de crimen y sangre ¿sería justo decir que me he basado en ellos? 
Subo al colectivo. La azafata controla los pasajes. Le cuenta a un pasajero que ayer hubo un coque en la ruta. Que una mujer policía incrustó su auto en la parte de atrás de un camión. Que seguramente se durmió, que debe haber estado de guardia y que cuando ya estaba volviendo a su casa se aflojó y se distrajo y se durmió y ahora está muerta, mirá, parece que tenía dos hijitos.
La escucho hablar y me pregunto si ella se da cuenta que está escribiendo una historia, aunque nunca la ponga sobre papel. Y pienso en todos los que, cada día, se lamentan o congratulan usando la palabra “hubiera”. También ellos escriben. Hacen ficción. 
A principios de abril, en San Rafael, en Encuentro Literario Filba Nacional, el escritor Iván Moiseeff lo dijo perfectamente: “La literatura es una máquina de ampliar fronteras. Casi como una entidad a la que uno se acerca, entre otras cosas, para ser transformado.”


Eugenia Almeida


Ilustración de Juan Delfini
Publicado originalemnte en "Dias Contados"


jueves, 30 de junio de 2016

El invierno del lobo - John Connolly



La raíz de todo mal 

Jude lleva años viviendo en la calle. No soporta estar en un lugar fijo y evita los refugios para indigentes. Alguna vez tuvo otra vida pero dejó todo atrás. Aún así, trata de mantenerse informado sobre su hija. La última noticia que recibió fue que le habían ofrecido un trabajo en un pequeño pueblo de nombre prometedor: Prosperous. Y después, el silencio.

Una de las últimas cosas que logra hacer Jude antes de morir es contactarse con Charlie Parker para pedirle que encuentre a su hija. Y esa es la investigación a la que se enfrenta el detective: buscar a la hija desaparecida de un hombre muerto. 

Prosperous es un pueblo de reglas rígidas. Cualquier desafío implica el castigo inmediato. Un lugar en el que nada es privado; hasta lo más íntimo se vuelve material de debate para el Concejo que regula la vida en comunidad. En ese círculo se cultiva el poder, el terror, el silencio, la complicidad y la convicción de que el sacrificio es la herramienta perfecta para complacer a un dios hambriento. Un dios venerado en una iglesia traída -piedra por piedra- desde Inglaterra, a principios del Siglo XVIII. La “Santa Capilla de la Congregación de Adán antes de Eva y Eva antes de Adán”. 

Prosperous es el territorio donde anida la raíz de todo mal; un pueblo que parece un “ser vivo”. Y en ese punto, el nuevo libro de John Connolly alcanza una de sus virtudes: lograr que algo tan inasible como una población se convierta en un personaje omnipresente, ominoso y siniestro.

Connolly sabe jugar bien en los límites: desde hace años viene borrando la frontera entre  la novela policial y la novela gótica centrada en lo sobrenatural. El autor irlandés sabe que los miedos, a veces, provienen de fuentes más profundas que las que suele abordar la novela negra clásica. Connolly pone a sus personajes en el centro exacto de una lucha mítica: la más antigua, la más básica, la original: la lucha del Bien y el Mal con mayúsculas, dos potencias invisibles capaces de tomar forma y anidar en los seres humanos. 

El invierno del lobo es la última entrega en español de las novelas protagonizadas por el detective Charlie Parker. Es importante aclarar que, aún si los lectores de la saga podrán hacer una lectura más profunda, no es indispensable haber leído los libros anteriores para disfrutar de este nuevo trabajo de John Connolly.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




viernes, 10 de junio de 2016

Memoria por correspondencia - Emma Reyes



Aquel infierno de la infancia 


Cuando la pintora colombiana Emma Reyes murió en Francia en 2003, tenía 84 años. Argentina, Uruguay, México, Israel, Italia y Estados Unidos fueron algunos de los lugares en los que vivió. Podríamos decir que Reyes era nómade. O quizás sea más justo decir que su único equipaje era ella misma, una mujer inquieta que nunca dejó de buscar. 

En 1969, Emma escribe una carta a su amigo el historiador y escritor Germán Arciniegas. Allí, la pintora cuenta parte de su infancia. Arciniegas queda conmovido por lo que lee y pide más. Más cartas, más de esa voz única relatando de un modo singular los años espantosos de la violencia y el desamparo. Reyes accede. Entre 1969 y 1997 escribe otras veintidós cartas. 

En 2012, casi diez años después de su muerte, aquellas cartas se convirtieron en un libro editado en Colombia bajo el título Memoria por correspondencia. Hace unos meses, Edhasa tuvo la excelente idea de publicarlo en Argentina. 

Uno se queda sin palabras al leer a Emma Reyes. Es lo que pasa cuando se asiste a un uso nuevo del lenguaje. Un uso despojado y florido a la vez. Lúdico y terrible. Ingenuo y  desencantado. Reyes relata su infancia con la mirada de la niña que era. Y así nos devuelve una  forma de ver el mundo que, en su inocencia, desnuda lo que nuestros ojos han naturalizado para poder sobrevivir. 

En “Leona pura, leona oscura”, el impecable prólogo que abre el libro, Leila Guerriero señala que  Memoria por correspondencia es “la historia de una desgracia. Pero de una desgracia contada con la más alta gracia que se pueda imaginar”. No hay palabras más exactas para hablar de este libro. 

Las cartas de Reyes hablan de una infancia de infierno que transcurre en lugares cerrados bajo llave. Los adultos son sombras fugitivas o temibles. Hay separaciones, mudanzas, pérdidas.  Siempre hay algo que callar o alguien oculto y encerrado. Emma describe con precisión el abandono definitivo en una estación de tren, la esclavitud  institucionalizada en un convento y finalmente, la huida. Ahí se detiene el relato, que no se refiere a lo que vino después. Con eso colaboran las palabras que Arciniegas escribió en 1993 y que en esta edición aparecen como anexo. También se incluyen algunos dibujos y la versión facsimilar de la primera carta manuscrita que Reyes escribiera en París el 28 de abril de 1969.

Memoria por correspondencia no es sólo un libro necesario. Es, claramente, indispensable.


Eugenia Almeida