domingo, 22 de enero de 2017

Comentario sobre "El colectivo" - Sebastián Virgili (Silabario)



"Ambientada en la década del 70, en plena dictadura militar, un colectivo, repentinamente, deja de detenerse en la parada habitual de un pueblo de provincia.  A través de una situación irrelevante, en principio, provocadora a medida que pasan los días; en un lugar aislado de las grandes urbes, Eugenia pone en evidencia el amargo y peligroso juego de la violencia, que lejos de estar a salvo de exponerse públicamente, se presenta con toda la impronta que la caracteriza, la de dejar expuestas en forma visceral, las miserias humanas."



jueves, 19 de enero de 2017

Los misterios de La Ópera - Emanuel Matta







En 2006 hubo un pequeño revuelo en el mundo editorial mexicano. La editorial Plaza y Janés había publicado el libro Los misterios de la Ópera, firmado por un tal Emanuel Matta. Se sabía que era un seudónimo. La gran pregunta era quién se escondía detrás de ese nombre. Para el lanzamiento se había hecho una intensa campaña publicitaria en la que se señalaba que el autor era un escritor consagrado “que un día amaneció de buen humor para realizar un divertimento”. Empezaron a barajarse hipótesis. El autor era mexicano o por lo menos debía conocer muy bien el D.F. Alguien se arriesgó y sugirió que se trataba de García Márquez. El colombiano no dijo ni sí ni no.  

Ese mismo año un diario decidió contratar a un doctor en Estadística y a un grupo de especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México para que descubrieran la identidad de Emanuel Matta. La investigación se basó en tres pruebas que valoran la coherencia, la frecuencia de repetición de palabras y la cantidad de información vertida. Más allá de lo gracioso de creer que el estilo de un autor puede “capturarse” con estas variables, los números señalaron –con una certeza del 95%– a Carlos Fuentes. El revuelo creció. El escritor mexicano no hacía ninguna declaración que permitiera aclarar el misterio. En una entrevista en Madrid, cuando le preguntaron si había escrito ese libro Fuentes contestó: “Se lo han atribuido también a García Márquez y a Volpi. Que le den el caso a Sherlock Holmes”.

Hay quien dice que originalmente la idea era dar a conocer el nombre del autor una vez que la novela se hubiera convertido en un éxito de ventas.  Pero eso nunca pasó y la identidad de Emanuel Matta no fue revelada. 

Matta no es sólo el supuesto autor del libro sino también su protagonista: un cantante de ópera retirado que, luego de un accidente, decide dedicarse a resolver casos policiales desde la mesa del bar La Ópera, en la ciudad de México. Con la ayuda de una pareja de tenores llamados Fortunato y Jacinto, el cantante encontrará la explicación a cada uno de los enigmas que se le presenten. Un hombre en una silla de ruedas que se ha suicidado disparándose en el pecho, el robo de una caja de seguridad, un viudo que confiesa haber matado a sus tres esposas,  la muerte de una bailarina exótica, el asesinato de nueve prostitutas, el secreto que intenta transmitir una doble espía durante la Segunda Guerra Mundial.

El investigador tiene un estilo poco ortodoxo en relación a sus honorarios: sus clientes deberán pagar todo lo que consuma en el bar mientras dure la investigación. Los diálogos tienen como trasfondo la mención y descripción de los platos que van llegando a la mesa. 

Ambientadas en la década del 40, las historias son sencillas y lineales e incluyen, en algunos casos, pequeños homenajes a Oscar Wilde y Edgar Allan Poe.  El mayor misterio sigue estando fuera del libro. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




lunes, 16 de enero de 2017

Blog Solipsismos: comentario sobre "El colectivo"






"El colectivo es lo mejor que leí en mucho tiempo. Un sinfonía perfecta, con un ritmo narrativo genial que hace que una historia en apariencia chica, resulte tan interesante como la más variopinta aventura de piratas. Pero el libro no es de piratas. Tampoco es un libro sobre colectivos. Es sobre un colectivo en particular que no para, pasa pero no para. La explicación en el libro de este episodio en la vida de un transporte público de larga distancia, es a la vez un botón de muestra de la década del '70 vivida en los pueblos de mala muerte del interior deep."



Jorge K



sábado, 14 de enero de 2017

Por el gusto de leer / Juan Cruz Ruiz





Maestra de editores  


En “Por el gusto de leer”, una larga entrevista hecha por Juan Cruz Ruiz, Beatriz de Moura cuenta parte de su historia como directora literaria de la editorial Tusquets.  

No se trata de una biografía ni de un ensayo. Es una charla en la que uno de los interlocutores invita al otro a compartir su experiencia, su recorrido, su modo de ver el mundo. Un reconocido escritor y periodista –Juan Cruz Ruiz–  y una de las editoras más destacadas del Siglo XX conversan en estas casi trescientas páginas que se leen de un tirón. Lo que surge es la historia de una lectora apasionada que siempre buscó compartir aquello que le generaba entusiasmo.

Beatriz de Moura tiene hoy 77 años. Entre 1963 y 1968 trabajó en la Editorial Lumen. A pesar de que la relación terminó con un despido, la editora reconoce que allí aprendió “todo lo que tiene que ver con el oficio”. Ese fue el momento en que decidió crear su propia editorial, Tusquets, con dos pequeñas colecciones que se convirtieron en clásicos: “Cuadernos Marginales” y “Cuadernos Ínfimos”.

La primera de estas colecciones –cuyo objetivo era “publicar buenos textos, breves, de grandes autores o pensadores”– se inauguró con un libro de Samuel Beckett. El éxito llegaría con la publicación de Relatos de un náufrago, de Gabriel García Márquez, un “chico colombiano” recién llegado a Barcelona “diciendo que era escritor”.

Quizás lo más interesante de estas charlas sean los momentos en los que la entrevistada habla del encuentro y la relación con sus autores. El modo en que algunos escritores aceptaban hacer pequeñas variaciones para burlar la censura del régimen franquista; cómo contrató los libros de Woody Allen a quien, sin conocerlo, había visto tocar en un casino de Las Vegas; su primer encuentro con Milan Kundera y la insistencia del escritor checo para que la editora leyera a Emil Cioran; una tarde junto a Marguerite Duras eligiendo la foto de tapa para El amante; Jünger y las dos horas que pasó de pie, en silencio, contemplando El jardín de las delicias de El Bosco; el descubrimiento de Almudena Grandes; la increíble historia de cómo llegó a publicar El primer hombre de Albert Camus.

Tusquets creó muchas colecciones que se volvieron clásicos. Las ya mencionadas “Cuadernos Marginales” y “Cuadernos Íntimos” pero también “La sonrisa vertical”, “Andanzas”, “Acracia”, “Los 5 sentidos”, “Metatemas”, “Ensayo”, “Nuevos Textos Sagrados”, “Fábula”, “Maxi” y “Tiempos de Memoria”. Durante la época del Franquismo la editorial sufrió la censura en veintiuno de sus libros y la prohibición de otros veinticinco. 

Aunque la conversación está centrada en el oficio de la edición, Beatriz de Moura hace algunas referencias a su vida privada. Y lo que cuenta permite verla con mayor complejidad.  Su hermana mayor sufría “una epilepsia sin curación posible”. Los padres decidieron enviarla a un “colegio especial” y, para acompañarla, también inscribieron allí a Beatriz.  Aquel tiempo se convirtió en una tortura. “La dificultad de vivir consistía para mí en salvar a mi hermana de los demás, sobre todo de los demás niños, que eran de una temible crueldad. Aquello fue un aprendizaje terrorífico.” Su hermana se suicidó al cumplir veinte años. La familia abandonó Río de Janeiro y se instaló en Barcelona. Poco tiempo después Beatriz viajó a Ginebra para estudiar en la Escuela de Traductores e Intérpretes. Cursando el cuarto año descubrió que eso no era lo suyo. La decisión de dejar la carrera tuvo una consecuencia impensada: su padre la echó de la casa y le quitó todo apoyo económico. Beatriz pasó de vivir en un mundo de lujo a trabajar como moza, lavacopas, paseaperros y baby-sitter. Volvió a Barcelona. Consiguió una pieza de pensión y empezó a ganar algo de dinero haciendo traducciones. Luego vendrían los años de trabajo en Lumen. 

Por el gusto de leer  incluye un registro fotográfico de la historia de Tusquets. Retratos de autores,  portadas, instantáneas de diversos momentos de trabajo. El libro se divide en tres partes que van abordando diferentes aspectos de la carrera de Beatriz de Moura: “La fuerza del catálogo”, “La vocación y el oficio de editar” y “La gente alrededor y la vida propia”. A eso se suman la introducción de Juan Cruz Ruiz y el apéndice que incluye dos conferencias dictadas en 2001 y 2013. 

La figura del editor a veces pasa desapercibida. Detrás de cada título hay alguien que ha hecho una apuesta, que ha trabajado con el autor para convertir un manuscrito en un libro. Les debemos mucho, escritores y lectores. Es muy saludable contar con títulos que nos permiten comprender mejor un oficio tan necesario. 

Hace un tiempo Beatriz de Moura dejó el puesto que ocupó en la editorial durante cuarenta y cinco años. En 2012 Tusquets pasó a formar parte del Grupo Planeta como parte del proceso de concentración que vive el mercado editorial. Ojalá este cambio no afecte un catálogo que ha hecho escuela y que ha ofrecido tanto placer a los lectores.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


miércoles, 11 de enero de 2017

Selección de personal




Cuidar niños, limpiar casas, cortar pasto, repartir volantes, cocinar, cobrar, entregar paquetes, hacer trámites, escuchar reclamos, limpiar vidrios, pegar alfombras, servir mesas, cuidar casas, pintar paredes, podar árboles, hacer fotocopias, repartir correo privado, dar clases particulares, producir un programa de radio, musicalizar, recibir gente, escribir gacetillas, leer en voz alta, hacer balances contables, acomodar cajas, arreglar jardines, atender el teléfono, lavar ropa, cantar, coordinar grupos, planchar, diseñar productos gráficos, corregir textos, cargar ­datos, hacer recorridos turísticos, traducir, redactar, escribir para que firme otro, dar clases en un aula.

Hago una lista mental (provisoria, parcial, fragmentaria) de algunas cosas que he hecho desde que empecé a trabajar. Lo que detona el recuento es una cola de gente que se estira por la peatonal. Tienen la marca del que busca, los movimientos nerviosos del que espera, los gestos del que sabe que está a punto de ser evaluado.

Hay pocas experiencias tan incómodas como una entrevista de trabajo. Especialmente cuando uno es joven, es vulnerable y está muy necesitado.


Clasificados

Me veo de pie, en un quiosco. Hace dos semanas que vengo cada día, apenas amanece. Leo los avisos en el diario al que tengo acceso si pago un café con dos criollos.

No sé cuántos años tengo en este recuerdo. Sé que soy muy joven. Veo las mismas caras cada mañana. Cuando uno falta, los demás sospechamos que ha encontrado algo. A veces, los datos se pasan de boca en boca. Pero yo no encajo. Son changas en una obra en construcción, en un campo, en alguna cosa en la que no admiten mujeres. Insisto. Si alguien me explica, yo puedo hacerlo. Me dicen que no. Afectuosamente lo dicen. Pero no.

Y yo termino copiando la dirección de uno de esos avisos que se vuelven sospechosos a fuerza de repetirse (siempre las mismas galerías del centro, siempre locales oscuros, siempre trabajos a comisión). Y allá voy. Y nos dan volantes. Y repartimos papeles que la gente recibe con fastidio y cuando al final del día volvemos a cobrar nos hacen mil preguntas para asegurarse de que no hemos tirado los volantes en lugar de repartirlos.

En mi recuerdo, todos somos muy jóvenes, todos somos muy flacos, todos fumamos nerviosos unos cigarrillos horribles que vienen en una caja de cartón blanca que llevamos en nuestras mochilas, en nuestras bolsos, en nuestros morrales. 


Entrenamiento

Otro recuerdo. Años después, en casa de una amiga.

Tengo una entrevista de trabajo. La tarea me encanta. El sueldo es bueno. Ofrecen estabilidad.

Tengo que superar una prueba física (que no me preocupa) y una prueba psicológica (que sí me preocupa).

Siento una férrea desconfianza por los psicólogos en general, pero particularmente por aquellos que se dedican a la selección de personal. Los veo como una suerte de guardianes del sistema: deciden a quién eliminar de la línea de producción, te pueden señalar y marcar como ineficiente, te pueden sacar del juego. Es la década de 1990. No tener trabajo es lo mismo que pararse en el umbral del infierno.

Por eso me siento con mi amiga, que estudia psicología, a recibir orientación.

Ella cree que todo el mundo está loco. Estudia esa carrera para ser una especie de espía infiltrado. Uno de los nuestros en territorio enemigo. Es decir: ella va a evitar que la maquinaria de destrucción nos atrape a todos. Va a salvar a algunos. Y para eso tiene que pasar inadvertida: hablar la jerga que enseñan en la facultad, sobreinterpretar cada mínimo gesto de sus amigos y hacer referencias idiotas a nuestros padres, los fantasmas, el otro, la sombra, el nombre y el espejo.

Ahora ofrece su ayuda:

–Para mí, te van a hacer algunos tests. Vamos a practicar.


Asociación libre

En pocos minutos, descubro que soy un caso psiquiátrico grave.

Parece que no encuentro sostén en el mundo, no veo salida a las cosas, no puedo proyectar el futuro, tengo problemas para asumir el pasado, no soy capaz de reconocer mis fallas. Y a todo eso lo revelé dibujando una casita y un árbol.

Mi amiga dice en voz baja:

–Ojalá no te hagan dibujar...

Se levanta. Busca un libro. Me explica que ese es uno de los tests más usados. Me muestra una imagen. Me distraigo porque en la hoja de al lado hay una foto de un dispositivo para dar electroshocks. Es una foto histórica, creo. En blanco y negro. No me animo a preguntar, porque mi amiga –que me adora– está prendiendo un cigarrillo directamente de la colilla de otro.

–¿Y?

–¿Y qué?

–¿Qué ves acá? –Su dedo señala la imagen.

–Una mancha.

–Obvio. ¿Y en qué te hace pensar?

Silencio.

–¿En una mancha?

–No, no, no, no, no. ¿Con qué lo relacionás?

–Ropa, lavarropa, lavandina, broche, tintorería japonés, vivero –digo a toda velocidad.

Estoy feliz. Si se trata de asociar palabras a lo loco soy muy buena.

Mi amiga me mira con los ojos desorbitados.

–¿Eso ves en la mancha?

–No. Eso me hace pensar la palabra “mancha”.


Junta médica

Ella suspira. Llama por teléfono a una compañera de la facultad que, un rato después, trae una caja de cartón llena de láminas exactamente iguales a las que vimos antes.

–No son iguales. Miralas bien. ¿Qué ves?

–Manchas.

Mi amiga ya desbarranca a las palabras fuertes. Empiezo a angustiarme. Debo tener algo mal. Parece que la gente ve ahí las cosas más variadas. Cosas increíbles. La compañera de mi amiga da dos ejemplos. Me quedo helada. Hago un esfuerzo.

Veo: una mancha.

Que me sugiere: una mancha.

Que tiene forma de: mancha.

Y la palabra que viene a mi mente es: mancha.

Parece que lo estoy haciendo muy muy mal.

Mi amiga y su compañera entran en una carrera frenética de mostrarme láminas

–Mancha, mancha, mancha. 

La compañera pierde toda cortesía y pregunta:

–¿Se está haciendo la tonta?

–No –dice mi amiga.


Diagnóstico reservado

Me quedo pensando el significado de esa respuesta. Si no me estoy haciendo, ¿será que algo está fallando y recién ahora lo descubrimos? No sufro falta de imaginación. Más bien todo lo contrario. Me paso la vida inventando historias. Pero acá solo veo manchas.

Algo me sacude, algo he visto.

–¡Paren! –grito.

Hay una euforia nerviosa. Me siento Lázaro, el muerto que se levanta y camina y produce una especie de éxtasis.

Me pongo a revisar la pila de láminas hasta que encuentro una. La pongo justo al lado de la que acabo de ver. Las estudio.

Hay un silencio expectante.

Miro a las chicas, llena de felicidad. Señalo las láminas:

–Estas dos son iguales.

Ahora el silencio se oye como una pedrada en el vidrio.

Parece que he dicho algo terrible porque se miran, hacen girar las láminas y se ponen a discutir.

Me siento rara. Siempre me pasa cuando hay algún psicólogo cerca. Aunque sean amigos.

Me voy a la cocina a poner la pava. Desde ahí oigo que la compañera de mi amiga dice:

–¡Estas dos! ¡Iguales! ¡Justo estas dos! ¡A vos te parece!

Mi amiga murmura algo. Su voz hace pensar en una madre que pide disculpas por el desastre que acaba de provocar su hija. Cebo un mate y miro el patio desde la ventana.

Al otro día me levanto a la madrugada. Me baño. Me visto. Voy a la entrevista. Somos varios esperando. Una hora después una secretaria se asoma y nos dice que no van a seguir porque el puesto ya fue ocupado. 

Estoy a punto de preguntar por qué no hacen las entrevistas igual, ya estamos ahí, podrían hacer una lista de espera para futuras vacantes. Pero me acuerdo de mi amiga prendiendo un cigarrillo, moviendo suavemente la cabeza y diciendo: “Mierda, mierda, mierda...”

Cuando vuelvo a casa paso por una librería de usados. Revuelvo el estante de psicología. Compro uno. El título incluye las palabras “selección de personal”. Durante meses queda sobre mi mesa de luz. Nunca llego a leerlo. Quién sabe dónde estará ese libro ahora.



Eugenia Almeida

Ilustración: Juan Delfini
Publicado originalmente en Días Contados





sábado, 7 de enero de 2017

Entrevista a Ricardo Piglia


En homenaje, en la despedida, una entrevista de 2013






Entrevista a Ricardo Piglia

El escritor argentino acaba de publicar “El camino de Ida”, una novela que incluye una intriga amorosa, un extraño accidente y numerosas referencias literarias. Inspirado en parte en el caso del Unabomber, un matemático ermitaño que atentaba con cartas bomba, el libro propone un retrato crudo de algunos aspectos de la sociedad estadounidense.


El camino de Ida (Anagrama) podría considerarse una novela de campus. Una de esas historias que transcurren en el mundo sofocante de las universidades. Podría emparentársela con Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez, o con Todas las almas, de Javier Marías.

Hay una historia de amor, una muerte, una empecinada resistencia, una mirada extranjera y muchas referencias a la literatura: Hudson, Melville, Sarmiento y Conrad, entre otros. Pero hay algo más: una reflexión sobre el modo de vida estadounidense y las extrañas estrategias de expresión política que ese Estado produce.

Un grupo de profesores, cada uno especializado en un escritor en particular, otorgan el escenario para una historia que se detona a partir de un accidente. Uno de esos profesores es Emilio Renzi, alter ego de Piglia que aparece en muchos de sus libros. Thomas Munk, el personaje más inquietante de la novela, está libremente basado en la figura del Unabomber.

Ricardo Piglia atiende el teléfono al mediodía, en su casa, con una cordialidad y una disposición a la charla que sorprenden. A lo largo de la entrevista va a dejarse llevar por distintos temas, va a hacer chistes -aunque se sienta obligado a aclarar que se trata de un chiste porque "el periodismo no acepta la ironía"- y va a recorrer algunas de las líneas que atraviesan su último libro.

-En la novela algunos personajes se dedican a estudiar a ciertos escritores (Ida se especializa en Conrad; D'Amato, en Melville; Renzi, en Hudson; Nina, en Tolstoi). ¿Un personaje presupone ciertas lecturas o son las lecturas las que le dan forma al personaje?
-Estoy interesado en esos escritores más allá de esta novela. He tomado notas sobre ellos durante muchísimo tiempo. Ahora, ¿por qué están ahí? Tolstoi y Hudson son antecedentes de Munk, crean un clima interno en la novela, sin que esté explícito, para que después se entienda por qué a alguien se le puede ocurrir irse a vivir al medio del monte. Tolstoi abandonó sus propiedades, dejó de escribir e hizo una vida campesina. Hudson estaba en Inglaterra y detestaba de tal manera la Revolución Industrial y la modernización que tenía nostalgia de la pampa. Lo mismo pasa con Thoreau, que también aparece por ahí. En la novela tienen esa función: crear en el lector -de un modo secreto- la cuestión de que hubo mucha gente a la que se le ocurrió que la única manera de resistir una sociedad tan despótica y tan abstracta como esta era la vuelta a la naturaleza.

-A lo largo de la novela usted intercala fragmentos de su diario personal.
-En general hago eso en todos mis libros. En este caso de un modo más directo porque yo tenía los diarios de mi etapa de Princeton. El libro está hecho con fragmentos de realidad. Lo que hay en el diario -cosas vividas por mí-; el personaje de Munk, que está inspirado libremente en Unabomber; Nina, la rusa, que está inspirada en Nina Berverova. Ella vivía en Princeton, la vi un par de veces. Vivía cerca y un día fui a besarle las manos. Yo la admiraba muchísimo. Era una viejita divina y una escritora extraordinaria. En lugar de hacerla como era ella, hice que Nina fuera biógrafa de Tolstoi. Eso me permitía hablar de Tolstoi y también de la relación entre él y Hudson. Tolstoi admiraba mucho Allá lejos y hace tiempo. Esas redes a mí siempre me han gustado.

-En la novela Renzi dice que Hudson es "uno de los acontecimientos luminosos de la descolorida literatura argentina". ¿Usted comparte esta definición?
-Totalmente. Basta leerlo, es un escritor extraordinario. Borges dijo al pasar, allá por los años '30, que el sentimiento de la llanura argentina estaba mejor en Hudson que en José Hernández. Uno tenía la sensación mucho más vívida de lo que era la vida de la llanura leyendo a Hudson que leyendo a Hernández. Es un escritor del nivel de Joseph Conrad. Y tenemos la suerte de que todos sus temas y todos sus libros suceden en la Argentina. Martínez Estrada también lo considera un escritor argentino. Ahora se lo lee menos porque a todo el mundo se lo lee menos. Pero es un clásico en Inglaterra. Virginia Woolf lo consideraba el mejor prosista de la lengua inglesa. Ojalá que la novela sirva para que a alguien se le ocurra darle una mirada a Hudson.

-En "Respiración artificial" usted planteaba el hipotético encuentro entre Hitler y Kafka. Aquí, Renzi sugiere que es posible que Sarmiento se haya encontrado con Melville.
-Bueno, es un poco eso. Son cosas que son reales o pueden haber sido reales pero que son instaladas en el mundo de la ficción. Esa es mi manera de trabajar. El encuentro entre Sarmiento y Melville es muy verosímil. La que nosotros conocemos como Mary Mann, de apellido Peabody, era la hermana de la mujer de Hawthorne, el de La letra escarlata. Todos vivían en Concord. Eran mujeres extraordinarias, eran las que sostenían las economías familiares y eran las intelectuales. Y Melville estaba por ahí. Como Sarmiento los visitaba (Mary Mann era su traductora y su amiga), no sería descabellado pensar que en alguna de esas visitas se encontrara con Melville. Yo veo a Facundo y a Moby Dick como libros gemelos. Libros de las grandes distancias, con personajes malvados pero muy seductores, como Facundo y Ahab. Libros que son híbridos, que no se sabe bien qué son, que son como enciclopedias y novelas. Siempre tuve ganas de investigar eso. Alguien lo hará en algún momento.


Un extraño modo de vida
 
-Uno de los temas que aborda la novela es el terrorismo. Nina dice que, en el marco de las grandes ficciones sociales, "en el siglo XXI el héroe será el Terrorista".
-Yo creo que es visible eso. El soldado Manning, acusado de filtrar información, me hace acordar mucho a Munk. Un chico que no soportó la violencia en Irak, no soportó esa violencia contra los civiles y entonces empezó a actuar. Y por supuesto, inmediatamente, como en el caso de Munk, empiezan a decir que está loco. Empiezan a crear esa idea donde la política se diluye porque alguien que se opone al sistema norteamericano no puede ser un tipo...

-¿Normal?
-En su sano juicio...

Piglia se ríe. La risa contagia.

-La otra cosa que me sorprendió es que, como le pasó a Munk (o a Unabomber), el FBI hace una investigación extraordinaria y termina descubriendo a la gente por la delación. Porque a este muchacho lo delató un hacker amigo.

-Tratando de entender los motivos de Munk... Usted dice: "En el límite, el terror garantizaba el acceso a la palabra pública".
-Esa cita está en el documento de Unabomber. Él dice que no importa si uno publica un libro o si lo sube a Internet. Igual, a nadie le interesa. Él percibe muy bien la situación, cómo está todo cristalizado, cómo hoy la información circula de una manera tan delirante que nadie se detiene en nada. Y dice entonces esa frase tan increíble: "Hemos matado a algunas personas para que nos escuchen".

-Estados Unidos es descripto como un país "donde las razones políticas radicales" son vistas "como desvíos de la personalidad". Si los que se oponen al sistema son muchos, es inevitable ver la raíz política. Entonces, parte del trabajo del Estado es aislar a quienes protestan y presentarlos como "perturbados", casos psiquiátricos.
-Sí, es un doble movimiento. Por un lado, cuando una persona es echada de su trabajo no tiene ninguna posibilidad de ir a un sindicato, de que haya una movilización que lo ayude, está absolutamente aislada. Y es muy probable que si existieran esas instancias estas personas no reaccionarían subiéndose a una terraza y matando a todos los que trabajan allí. Es la condensación extrema del conflicto político que no se ve. En Estados Unidos no hay sindicatos, no hay manera alguna en que alguien pueda encontrar una forma de no quedar encerrado, aislado, solo en su casa. Entonces, por un lado eso genera esa reacción, que yo no vivo como una reacción psicótica. La vivo como una reacción política individualizada al máximo. Y la sociedad, después, en lugar de decirse: "Bueno, qué hay detrás de este acontecimiento", inmediatamente dice: "Este tipo es un loco". Lo mismo que pasaba en la Unión Soviética. La tortura está legalizada en el sistema de Estados Unidos. Al soldado Manning lo tenían encerrado en una celda de dos por dos, en aislamiento, 23 horas por día. En una sociedad donde hay una especie de cordialidad obligatoria, por abajo hay una violencia increíble.

–Como el tiburón que, en la novela, tiene en su sótano el profesor D'Amato...
–Claro, ahí hay otro ejemplo de algo que está en la realidad. Es muy habitual, hay un grupo de gente muy amplio que hace eso en los sótanos, incluso se intercambian los peces por Internet. Yo conocía la situación y se la atribuí al personaje. Esas cosas son muy difíciles de inventar.

-¿De verdad tienen tiburones vivos en el sótano? Yo creí que era un hallazgo de la ficción...
-Nooooo... Ojalá se me hubiera ocurrido a mí. Son unas peceras increíbles. Casas victorianas, muy elegantes, y vos bajás las escaleras y te encontrás con una especie de acuario monstruoso donde hay pulpos y tiburones. Supe que se encuentran en los estacionamientos de los supermercados y ahí se intercambian los pescados. Ponen avisos: "Te doy un tiburón si vos me das una orca". Como un dealer de droga. Y se paga la diferencia de precio y uno se lleva el pescado que busca y el otro tiene una barracuda, qué se yo... Es un país muy interesante los Estados Unidos. Pero también hay que rescatar la tradición de la gente que ha luchado contra la guerra de Vietnam, contra la guerra de Irak. Siempre ha habido una tradición que viene de la Beat Generation y de los hippies, la mejor tradición norteamericana. El que es lúcido en esto es Noam Chomsky. Chomsky es un santo. Uno puede estar o no de acuerdo con lo que piensa pero él se la pasa leyendo la información y saca todo lo que puede. Es un poco como Munk, pero pacífico. Es el académico norteamericano más prestigioso y sin embargo es un activista que denuncia a Estados Unidos como nadie.

-Usted establece una relación entre Chomsky y Munk en el libro.
-No me acordaba...

-Dice que Munk fue el primer estudiante undergraduate (después de Chomsky) en lograr que su Junior Tesis se considerara un aporte a la disciplina.
-Sí, claro. Chomsky dio vuelta la lingüística cuando tenía 17 años. Con un paper. Una monografía. Esa idea de que todas las lenguas tienen en común una misma gramática la escribió a los 17 años. Unabomber hizo lo mismo. Son tipos muy inteligentes. El problema es cómo alguien tan inteligente toma esas decisiones.


 
Contracorriente
 
-Tanto en "Blanco nocturno" como en "El camino de Ida" hay personajes influenciados por Simone Weil. ¿Qué relación tiene con el trabajo de la filósofa francesa?
-Simone Weil está en la misma línea de Munk. Vivir pobremente... Tienen una ética que no es la ética del capitalismo. Tolstoi, Simone Weil, todos los que estamos nombrando. Hudson era un tipo superhumilde, vivía en unas pensiones... no le importaba nada todo eso. Uno valora a esa gente. El propio Borges tenía esa ética. Vargas Llosa cuenta que lo fue a ver una vez y conversan y de pronto Vargas Llosa se siente cómodo. El departamento que tenía Borges en la calle Maipú era un departamento muy modesto... Y Vargas Llosa le dice: "Pero, Borges, cómo puede vivir acá, en un departamento así". Y entonces Borges se levanta, lo saluda y lo echa. "En Argentina", le dice, "los caballeros no hablamos de estas cosas". Borges al día siguiente decía: "Vino un peruano. Debe trabajar en una inmobiliaria porque quería que me mudara".

Piglia vuelve a reírse y es fácil imaginarlo en su casa, observando la locura del mundo con interés, con curiosidad, con cierta extraña alegría.

-También retoma la idea de Wittgenstein de la ética como "un estallido".
-Claro, es que estamos siempre ahí. Porque también hay mucho odio hacia lo otro, hacia ese mundo despótico que condena a mucha gente a la pobreza. En general, es gente pacífica pero siempre está cerca de decir: "Esto no puede seguir así". Me parece que va por ahí el asunto, la idea de cómo puede ser que haya una injusticia tan extraordinaria y que nadie... En fin, llega un momento en que algunos toman decisiones que son excesivas.


Futuros caminos
 
-Hace unos días contó que está trabajando en algunos cuentos protagonizados por Croce (el comisario de "Blanco nocturno") y que planea escribir un ensayo sobre cómo aparecen representados los escritores en las novelas.
-Son los dos proyectos que tengo entre manos. El asunto de los escritores es que me gustaría escribir un libro sobre la literatura pero no sobre la literatura "real", los escritores el señor Vargas Llosa o el señor Tal sino más bien sobre Stephen Dedalus (el escritor de Joyce) o Tomatis (el escritor de Saer) y ver cómo viven, qué es lo que hacen, cómo se ganan la vida. Un poco lo que hice con el lector en El último lector. Escenas en las que aparecen escritores imaginarios que crean una especie de mundo paralelo, una sociedad literaria donde está lo mismo que está en la sociedad nada más que imaginariamente. Eso me interesa. Son libros difíciles porque uno los hace durante toda la vida. No me puedo poner a leer eso ahora para averiguarlo. Tengo que mirar las notas que tengo, si no es imposible.

-En una conversación con Roberto Bolaño, usted dijo que le gustaría escribir una "Enciclopedia Biográfica de Traductores Inmortales (e invisibles)".
-Son geniales los traductores. Leen línea por línea y palabra por palabra. Son los únicos verdaderos lectores que uno tiene, los que leen todo el libro con mucho cuidado porque tienen miedo de equivocarse. Si uno dejó una puerta abierta en un capítulo y después está cerrada, quieren saber si realmente la cerró un personaje o uno se equivocó y se olvidó. Son grandes lectores. Y son personajes muy invisibles, de los cuales nadie habla. Creo que hay que valorizar ese trabajo.


Eugenia Almeida
Publicado en Ciudad X
Agosto 2013


jueves, 5 de enero de 2017

Interview d’auteur : rencontre avec Eugenia Almeida (blog Collibris)






Interview d’auteur : rencontre avec Eugenia Almeida 


Eugenia Almeida est une auteure argentine.
Journaliste pour la télévision, la radio mais aussi pour la presse écrite, elle a parcouru, guitare à la main, la France et l’Italie pendant près d’un an.
Ce n’est donc qu’en 2004 qu’elle publie son premier roman ‘El Colectivo’.
En France, elle se fait connaître grâce à son livre « L’Autobus » (2007, éditions Métailié, traduit par René Solis) – roman qui lui a permis d’obtenir le prix Littérature ainsi que le prix Las Dos Orillas.
Cette année, elle revient sur le devant de la scène avec « L’échange » (éditions Métailié, traduit par François Gaudry) : « Un drame étouffant, intensément mené. » (Laura Daniel de Sang Froid), un roman  glaçant, construit avec intelligence.
Les chapitres sont succincts, les dialogues sans fioritures.
Une chose est sûre, un sentiment d’urgence permanente se dégage de la prose concise de l’auteur.

* * * * * * * * *

Bonjour. Pouvez-vous vous présenter en quelques mots et nous parler de votre dernier roman « L’Echange » ?

Je suis une auteure argentine. Je suis née dans la ville de Córdoba, en 1972. Journaliste pour la presse écrite et une radio publique, j’enseigne également la littérature à l’université.
Narratrice avant tout, j’ai également publié des livres de poésie.
« L’échange » est mon quatrième livre et mon troisième roman. J’ai l’immense privilège d’être publiée aux éditions Métailié, une maison d’édition qui m’accompagne depuis mon tout premier livre.

Comment est né votre roman ? Comment le définiriez-vous ?

« L’échange » est né comme tous mes autres écrits : une image s’installe dans ma tête et soulève des questions. Dans ce cas précis, l’image était celle d’une jeune mère, morte, étendue dans une rue, une arme à la main, un trou dans la poitrine. Des curieux l’entourent. Ces gens ne s’arrêtent que lorsqu’un malheur frappe.
Ce roman est très difficile à définir. Je joue un peu à mettre en tension une idée rigide des sexes.

Guyot, le personnage principal, me rappelle les anti-héros de l’oeuvre de Graham Green. Ceux qui ne souhaitent pas s’impliquer et cherchent à éviter les problèmes. Pour autant, Guyot affirme que « La pire tentation, c’est de vouloir comprendre. » Pouvez-vous nous en dire plus sur ce point ?

Il ne s’agit pas de chercher une vérité « journalistique », de chercher quelque chose à publier dans un journal. Au contraire, il s’agit d’essayer de comprendre un geste personnel ; l’un des gestes les plus privés et les plus difficiles à comprendre : le suicide.

Par ailleurs, le suicide comme présenté en début de roman n’est pas un suicide ordinaire. Il est en effet atypique, pour une personne qui s’est suicidée, d’avoir un trou dans la poitrine et que cela ce soit passé dans un lieu public.

La phrase « la pire tentation est d’essayer de comprendre » fait référence aux obstacles qui pourraient entraver la recherche. Il faut parfois accepter qu’on ne puisse pas tout comprendre.

Vous avez été souvent perçue comme une auteure de policier. Pour autant, en quoi est-il possible de dire que votre roman « L’Echange » est avant tout un roman politique très noir ?

Seuls les lecteurs peuvent répondre à cette question. Et je présume que chaque lecteur a un regard différent. Je n’aime pas beaucoup les catégories. Ce que j’aime c’est raconter des histoires. Je crois que toutes les histoires que je conte (y compris celles qui s’apparentent à des poèmes) ont un versant politique.  Je crois que tout ce que nous faisons dans le monde a un côté politique ; politique dans le sens où chaque geste a un effet sur le monde, et qu’il se partage avec d’autres personnes.

Mais ceci n’est que mon avis personnel. Chaque lecteur aura son propre regard sur ce roman. C’est ce que j’aime dans la littérature : l’infinité de sens et de significations qu’elle permet.

De nos jours, les romans noirs renvoient au sang, au gore. A l’inverse, vous nous proposez une autre esthétique. Pouvez-vous nous en dire plus ?

La réponse est simple. Je n’aime pas le gore. J’adhère davantage à la prémisse de la tragédie grecque :   si quelque chose d’horrible se produit, cela doit se produire en dehors de la scène. Le spectateur (le lecteur) n’a pas besoin qu’on lui souligne l’horreur. Il peut la comprendre simplement en la visualisant.

Selon vous, quelles sont les raisons du succès du roman noir de nos jours ?

Peut-être parce que j’aborde certaines thématiques (politiques, sociales) sous un format actuellement populaire. Peut-être parce que je parle de ce qui nous arrive d’un point de vue social. Peut-être parce que nous aimons les histoires de monstres. Et lorsque les monstres de ces histoires habitent également le monde réel, la littérature nous aide à comprendre d’une autre manière.

Si je ne m’abuse, vous avez écrit votre livre dans le nord de la France, dans une résidence du Mont Noir (celle de Marguerite Yourcenar). Cela a-t-il modifié votre processus d’écriture ? Avez-vous apprécié vivre en France ?

En réalité, le processus d’écriture ne se répète jamais. Il est toujours nouveau et différent. Pour ce qui est de mon séjour dans la résidence de Marguerite Yourcenar, ce fut une expérience extraordinaire. Deux mois entièrement dédiés à l’écriture, dans un lieu idyllique, sans aucune autre préoccupation. Ce fut crucial pour l’écriture.

« L’échange » n’existerait pas si je n’avais pas résidé au Mont noir. Vous auriez entre les mains un tout autre livre.

Je témoigne d’ailleurs toute ma gratitude au personnel de la résidence.

Jorge Luis Borges disait « nous sommes ce que nous lisons ». Que lisez-vous en ce moment ?

Je lis beaucoup. Mon travail consiste à rédiger des critiques littéraires. Mes lectures comprennent donc les dernières nouveautés et des lectures plus personnelles.

S’agissant de ces dernières, je lis surtout des romans noirs, des romans policiers. C’est un genre que j’apprécie beaucoup.

Je lis de la poésie. J’aime également lire des livres non littéraires. Je m’intéresse à la physique, à la philosophie et à la criminologie.

Du côté de mes compatriotes, j’apprécie les romans de Samanta Schweblin, Eduardo Berti, Pablo de Santis, Selva Almada, Perla Suez, et de bien d’autres encore.

La scène littéraire argentine est pleine de talents.

L’une de mes dernières trouvailles est la chilienne Alejandra Costamagna. Son livre « Ultimos fuegos » m’a ébloui !

Pour conclure, travaillez-vous sur un prochain roman ?

J’ai toujours quelque chose sur le feu. Je suis actuellement à la moitié d’un roman. Je ne peux pas en dire plus pour le moment.

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Je remercie très chaleureusement Eugenia Almeida pour sa gentillesse et disponibilité.


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Háblame un poco de usted y del último libro que has publicado « La tensión del umbral »

Soy una escritora argentina, nacida en la ciudad de Córdoba, en 1972. Trabajo como periodista cultural (en uno de los diarios de mi ciudad y en una radio pública), dicto talleres de lectura y doy clases a nivel universitario. Me siento fundamentalmente narradora aunque también he publicado poesía.

“La tensión del umbral”, que en francés se llama “L’ Échange”, es mi cuarto libro y mi tercera novela. Tengo el enorme privilegio de publicar en Editions Métailié, una editorial que me ha acompañado desde mi primer libro.

¿Cómo nació tu novela? Y ¿Cómo definiría la novela?

“L’ Échange” nació del mismo modo que todo lo que escribo: una imagen se instala en mi cabeza y me plantea preguntas. En este caso, la imagen que tenía siempre presente era la de una mujer joven, muerta, tirada en una calle, con un arma en la mano, un agujero en el pecho y rodeada de curiosos, esa gente que siempre se detiene a mirar cuando sucede una desgracia.

No es tan sencillo definir esta novela. Juega un poco a poner en tensión cierta idea rígida de los géneros.

El periodista, Guyot, me recordó los antihéroes de Graham Greene. No quieren involucrarse demasiado ni buscarse problemas. Sin embargo, el protagonista dice : « la peor tentación es tratar de entender ». Me gustaría que te explayaras sobre esta idea.

Guyot quiere involucrarse. No se trata de buscar una verdad “periodística”, algo que pueda publicar en el diario. Se trata más bien de todo lo contrario: tratar de comprender un gesto privado, uno de los gestos más privados y más difíciles de comprender que puede tener un ser humano: el suicidio.

Por otra parte, el suicidio con el que empieza esta novela no es un suicidio típico, hay dos características no tan habituales: un disparo en el pecho, un lugar público.

Esa frase « la peor tentación es tratar de entender » hace referencia a los obstáculos que puede traer la búsqueda. A veces uno comprende justamente en el momento en que acepta la posibilidad de no comprender.

Muchas veces se te ha catalogado como escritora de policial, o género negro. ¿Pero, en qué medida se pueda decir que « La tensión del umbral » es un policial político y no sólo un policial?

Esa es una pregunta que solo pueden contestar los lectores. Y supongo que cada lector tendrá una mirada diferente. No creo mucho en las categorías cerradas. Me gusta contar historias. Creo que todas las historias que cuento (incluso las que pueden aparecer en un poema) tiene un costado político. Creo que todo lo que hacemos en el mundo tiene un costado político, político en el sentido de que cada gesto tiene un efecto sobre un mundo que es compartido con otras personas.

Pero esto que digo es una mirada personal. Los lectores podrán leer esta novela del modo que sea. En cada uno de ellos tendrá una resonancia diferente. Eso es lo que me gusta de la literatura: es un hermoso artefacto de producir infinitos sentidos.

En un tiempo en que las novelas negras están cargadas de sangre, bordeando lo gore, proponés otra estética. Me gustaría hablar de eso.

La respuesta es sencilla. No me gusta lo gore. Adhiero más a la vieja premisa de la tragedia en la Grecia clásica : si algo horrible ocurre, debe ocurrir fuera de escena. El espectador (el lector) no necesita que le subrayen el horror. Puede comprenderlo con solo vislumbrarlo.

¿Por qué creés que el género negro está siendo consumido con tanta avidez en todo el mundo?

Es difícil de responder. Quizás porque aborda ciertas temáticas (políticas, sociales) con un formato popular. Quizás porque habla de lo que nos pasa socialmente. Quizás porque siempre hemos disfrutado los cuentos de monstruos. Y cuando los monstruos de nuestros cuentos son los que habitan el mundo real, la literatura nos ayuda también a comprender de otro modo.

Si no me equivoco, usted ha escrito esta novela en la residencia de mont Noir, en el norte de Francia. ¿Cómo fue la experiencia de escribir en otro país? ¿Se modificó el proceso de escritura?

La verdad es que el proceso de escritura nunca se repite. Siempre hay algo nuevo y diferente. En el caso de mi estadía en la residencia Marguerite Yourcenar, fue una experiencia extraordinaria. Dos meses absolutamente dedicados a la escritura, en un lugar idílico, sin ninguna preocupación. Fue realmente nodal en la escritura. L’Échange no existiría si no hubiera estado en Mont noir. Sería otro libro, no ese. Siento un enorme agradecimiento con todo el equipo de la residencia.

Jorge Luis Borges dijo: « somos lo que somos por lo que leemos ». Me gustaría saber lo que lee actualmente.

Leo muchísimo. Trabajando haciendo reseñas de libros así que mis lecturas mezclan mis búsquedas personales con las novedades que se van publicando en mi país. Siempre leí algo de novela negra, de policiales, es un género que disfruto mucho. También leo poesía. Y me gusta leer libros no literarios. Me interesa mucho la física, la filosofía y la criminología.

Entre mis compatriotas, siempre disfruto leer a Samanta Schweblin, Eduardo Berti, Pablo de Santis, Selva Almada, Perla Suez, entre muchos otros. Es un momento muy rico en la literatura argentina. Uno de mis últimos descubrimientos es la chilena Alejandra Costamagna. Su libro “Últimos fuegos” me deslumbró.

Para finalizar ¿Está trabajando en algún nuevo libro?

Siempre estoy con algo entre manos. Diría que estoy a mitad de una novela. Ojala pronto podamos volver a encontrarnos para charlar sobre este manuscrito cuando finalmente se transforme en libro.


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Propos traduits et recueillis par Emilie Bonnet


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